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A escondidas (cartel)
8 de octubre. El pase de prensa de A escondidas, el segundo largometraje del director vasco Mikel Rueda, comenzaba a las 10:00 en los Cines Princesa de Madrid. Pongo en antecedentes de tiempo y lugar, porque esta crítica va a contener una subcrítica anecdótica de una película que me he montado en mi cabeza y que, en el fondo, va más acorde con el título de la cinta que la propia versión real.

Tras apenas cinco minutos de proyección, la pantalla se quedó a oscuras. Este fundido a negro duró más o menos entre diez y quince minutos, mientras el sonido seguía funcionando perfectamente. Durante los primeros segundos llegué a pensar que no se trataba de un error ajeno a la película, sino que era una parte formal esencial de la misma, clave para contar lo que se nos quería contar. Una especie de reverso tenebroso de lo que fue The Artist en 2011; una revolución en el lenguaje cinematográfico.

Las pocas personas presentes en la sala estábamos asistiendo al nacimiento del –llamémoslo- género opuesto al Cine mudo: vivíamos en directo la creación del Cine ciego. Infelizmente, uno de estos -llamemóslos- seres humanos (entre los que yo me encontraba) dijo en voz alta: “Se llama A escondidas, no A oscuras”. Con este comentario consiguió sacarme definitivamente y para siempre del trance en el que me encontraba; mi íntimo síndrome de Stendhal llegaba a su fin y con ello retomábamos la película con su imagen exactamente donde la habíamos dejado.

Cines Princesa

A escondidas nos cuenta la relación que se crea entre un inmigrante marroquí de 16 años llamado Ibrahim (Adil Koukouh), que podría matar a todos los chavales de su edad con su cuerpo, y Rafa (Germán Alcarazu), un joven español de 15 años que se dedica a jugar a la Play y a ir a la discoteca con sus colegas de colegio, unos chavales que se enfrascan en dejar clara su virilidad mientras juegan a Waterpolo. Teniendo en cuenta que el filme se centra principalmente en cómo se vive el descubrimiento de la homosexualidad, me sorprende que el ya mencionado Mikel Rueda, quien además de director también ejerce las labores de guionista, parece confundir ser masculino o no parecer afeminado -característica que intenta evitar en ambos protagonistas- con ser un neandertal (omitiendo la parte relacionada con el canibalismo), siendo la mayoría de los personajes de A escondidas unos capullos de tomo y lomo, capaces en una sola frase de ser racistas, machistas, fantoches y unos broncas, y todo eso antes de colocarse. Tres cuartas partes de lo mismo ocurre en el caso de Ibrahim y su entorno. ¿Las hormonas y que yo ya no me acuerdo de lo que es la adolescencia?

A escondidas (escena Waterpolo)

Sin embargo, esto no es óbice para hablar de forma justa de una película en la que se agradece el esfuerzo por intentar realizar un cine más personal de lo habitual, sobre todo en propuestas como esta, más dirigidas a un público adolescente, aunque contiene ciertos tics poéticos típicos del cine independiente que aquí carecen de sentido, así como un exceso de momentos musicales que en algunos casos funcionan como sintetizadores de sentimientos y trama, pero en otros tienden a fallar, resultando completamente anticlimáticos, incluso contradictorios con lo que estamos viendo.

Por otro lado, abre varios frentes argumentales y se acaba centrando sólo en uno, da protagonismo a sucesos o a personas que al final carecen de importancia y al final lo más llamativo es que el espectador tiene más interés por el drama de la inmigración que por el drama romántico, que peca de simple y con el que no se empatiza demasiado; como cuando Rafa le dice a Ibra “no soy como ellos”, refiriéndose a su compañeros de fatigas, a los que unas horas antes había dicho “yo no me junto con putos moros”. Es decir: habla y actúa igual que ellos, pero el amor por/de otro joven de etnia diferente le ha hecho mejor persona. Este punto me resultó interesante, pues es como una alegoría de lo ocurrido en el conocido Barrio de Chueca que, en palabras de Wikipedia, “pasó de ser un marginal barrio madrileño a adquirir el carácter que hoy tiene, un ambiente muy comercial y de esparcimiento, abierto y respetuoso con la diversidad de la sociedad actual, sin perder su aire castizo debido a su arquitectura” desde que en los años 80-90 se convirtiese en lugar de residencia de gran parte de la comunidad homosexual madrileña.

A escondidas (Álex Ángulo)

En definitiva, recuperando las palabras que una vez me dijo un amigo con la misma orientación sexual que los protagonistas de A escondidas: “Cuando descubres que te gustan las personas de tu mismo sexo, todo lo demás en tu vida se vuelve secundario”. Este es exactamente el principal defecto y la principal virtud de A escondidas, en función del tipo de público que la vea: Se centra en dos jóvenes homosexuales que se conocen y en cómo evoluciona su relación, ésta contada sin ritmo, mientras su entorno queda en un punto secundario, con lo que el título sólo hace referencia al hecho de que Ibrahim sea un inmigrante ilegal, y no a cómo han de llevar ambos su relación. En este sentido, cabe destacar la aparición del tristemente desaparecido Álex Ángulo, que con un papel secundario como director de un centro de menores consigue sacar al público la única sonrisa en todo lo que dura el metraje. Recomendable para menores de 20 y para incondicionales del actor Adil Koukouh.

Crítica escrita para cinemaldito.com (@CineMaldito)

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