Crítica de Golpe de efecto, de Clint Eastwood

Crítica de Golpe de efecto, de Clint Eastwood

Todo el mundo sabe a estas alturas quién es Clint Eastwood, el lugar que como actor (y director) ocupa ya en la historia del cine, y la capacidad que tiene para impregnar de espíritu y personalidad a todos los personajes que ha caracterizado a lo largo de su carrera, convirtiendo cada nueva película en un guiño a su pasado, pudiendo verse en ellas, incluso, una evolución del propio mito, desde sus inicios hasta su vejez, todas unidas por una coherencia intrínseca llena de significado (hasta en el doblaje en castellano), capaz de convertir a todos sus personajes en uno solo, y al que la gente se referiría como Harry el Rubio.

Con Golpe de efecto (2012) sus seguidores (y los amantes del cine en general) vuelven a tener la suerte de verle en pantalla, después de que nos hiciera creer que se retiraba como actor tras Gran Torino (2008), film de espíritu crepuscular con el que guarda cierta relación esta nueva cinta, ópera prima en la dirección de Robert Lorenz, conocido hasta ahora por ser el asistente de director y productor ejecutivo en gran parte de la filmografía de Eastwood.

Un actor noble ‘ensanchece’ a la peli más pequeña

La gran diferencia entre Gran Torino y Golpe de efecto, es que la primera trasciende la sencillez de su argumento con una resolución perfecta, que engrandece la leyenda del actor y deja poso en la memoria cinéfila, mientras que en esta Eastwood, haciendo prácticamente el mismo personaje, queda relegado a un segundo plano en favor de una sencilla y típica comedia romántica protagonizada por Amy Adams (The Master, On the Road) y Justin Timberlake (In Time, La red social) -ambos correctos, aportando el primero de los tres el drama y la consistencia necesaria -a través de su presencia y sus frases lapidarias, llenas de humor y aspereza, que permite convertir en largometraje una película que sin él sería puro convencionalismo, y que probablemente ni habría llegado a nuestras pantallas de cine (tratando encima como trata sobre baseball).

Lo que queda, pues, al final de todo, es el placer de poder ver en pantalla a dos grandes como Clint Eastwood y John Goodman juntos, dejándose llevar por un producto correcto y cuyo mayor valor está en la personalidad de su personaje principal, en ciertos diálogos llenos de gracia y en un pequeño homenaje que encantará a todos sus fans.

Crítica escrita para Timber Chronicles

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