Crítica de La juventud (Youth – La giovinezza)

Crítica de La juventud (Youth - La giovinezza) 1

A menudo nos gusta recuperar algunas reseñas escritas para otras webs (tal y como hicimos con Orígenes, la película). Hoy es el turno de La juventud, la película de Paolo Sorrentino. Es una opinión bastante larga, pero esperamos que no te resulte pesada y que sobre todo te sirva para querer verla o, en caso de haberla visto, ofrecernos tu visión sobre ella.

Pocas personas en el mundo debe haber que no tengan miedo a la vejez y sin embargo prefieran llegar a ella que quedarse en el camino. Mucho de este temor tiene que ver, supongo, con la propia cercanía de la muerte y de saber que es inminente; la consciencia de uno mismo que desaparece. Pero este temor tan natural podría aparecer un poco antes, mientras vives, sobre la vejez: porque se olviden todos los recuerdos poco a poco y ya no quede nada de tu alma (o lo que sea que hay detrás de la presencia corpórea). Y lo peor es que hay más, seguramente hay más, y quizá por eso nadie hable nunca en serio sobre la vejez. Pensar tan solo en la posibilidad de que los dolores físicos de uno mismo pasen de ser controlados por nosotros a que ellos tengan el poder, o en el hecho de tener que dedicar 15 minutos a abrocharte un botón de una camisa… pensar en todo eso da bastante miedo. Pero la realidad es la que es: no pensamos mucho en la vejez hasta que está muy cerca, por salud mental. Y sin embargo (o puede que por todo ello), la vejez está impregnada de las cosas de juventud.

Hay algo muy humano en Sorrentino y en La juventud. Es algo que traspasa la pantalla; una mezcla de comedia, drama, cadencia, compostura y armonía. La observación y estudio de nuestro periplo existencial que deriva en la melancolía del espectador (puede que a propósito, pues es, quizá más que el amor, el sentimiento más lógico para cualquier mortal con la capacidad de almacenar vivencias en la mente a largo plazo). Y tal vez nunca descifre del todo qué es La juventud, pero me he sentido muy cercano a ella. En el fondo no creo que haya que entender todo lo que vemos cuando el misterio es, deliberadamente, parte del atractivo de vivir esta experiencia cinematográfica. Una cinta bastante reflexiva y contemplativa que nos muestra, como parte de la levedad de la vida, su (in)trascendencia y lo imperfecta que resulta para todos, y cómo la frivolidad y el humor la hacen de algún modo más agradecida. De hecho, nunca llegas a saber del todo hasta qué punto es puramente cinematográfica o también esconde algunos retazos de la realidad de sus actores, aunque interpreten a otros personajes, al jugar con cierta literalidad biográfica (no en vano el director italiano basa la premisa inicial del argumento en una noticia que leyó sobre Riccardo Muti y la reina Isabel II, y Keitel se hizo actor tras ser un ladronzuelo siendo niño, como el personaje de Jane Fonda).

Desde que La juventud se presentó en Cannes hasta hoy he tenido la oportunidad de leer bastantes opiniones y «comidas de pepinos» de todo tipo sobre esta película y la verdad es que la crítica negativa me ha parecido un poco exagerada. Hablan de modernidad, de mostrar siempre a la clase alta o de esnobismo, cuando en realidad retrata toda la inmundicia de ese mundo tan sofisticado y a la vez liviano. Sí, representa a gente con dinero, pero es que en sus debilidades y miserias hay también humanidad. Y sobre todo en su resignación. El tiempo y que el futuro ya no exista o no tenga valor es, seguramente, igual o más pesado para alguien que ha tenido todo entre sus manos que para cualquiera de nosotros. Aun así, si no disfrutaste demasiado con La gran belleza porque, como me dijeron una vez, «resultó un poco pesada», piensa que La juventud es más accesible que su predecesora, no sólo porque el propio escenario la mantiene sujeta a la realidad del mismo, sino también porque no divaga tanto sobre el vacío (una cualidad que a mí me gusta). Mientras la otra abarcaba más terrenos, en esta somos engullidos por el microcosmos de un entorno más acotado, pese a que en él también se tratan muchos temas —para algunos— trascendentes.

Una canción sencilla (sobre el final de la vida mirando hacia atrás)

Porque entiendo que haya gente que no sienta como yo y no busque en el cine otra emoción que la evasión, o que sentirse un tipo duro, o muchas otras sensaciones disponibles en un cine. Lo entiendo y lo respeto al igual que las disfruto yo también. La cosa es que cuando veo algo como lo que he visto aquí, me siento más tranquilo y me olvido un poco de mí mismo, pero de un modo más perdurable. Quizás es ver que lo que piensas, las conversaciones que recuerdas de verdad, lo que sientes y hasta temes (y más, porque la vejez es más que eso: es todo eso; es una vida entera. Es tu trabajo y tu familia, es el amor y tus errores. Es la memoria condensada y cada vez más deteriorada de uno mismo y de la perspectiva de su alrededor)… Quizás es ver, en definitiva, que lo que para ti tiene algún tipo de importancia, forma parte de una cinta tan perfectamente estructurada (o de dos, como continuación una de la otra), a pesar de no moverte en esos mundos ni de rodearte de esa clase de personas (al final muchos nos vemos reflejados igualmente).

Algo tan básico como ver en la pantalla la inherente pérdida de tiempo generada al hacer colas, es algo que mostrado por Sorrentino no puede verse simple y llanamente como un acto aleatorio para estilizar el argumento. No es esta cinta la que está vacía, es el vacío lo que está vacío. Mostrarlo con imágenes de gran belleza no le resta la importancia, le suma más veracidad. Es como si en su momento alguien hubiera criticado a Yasujirō Ozu por su sencillez visual, cuando al final no son más que extremos que se tocan. Ambos directores establecen, sobre la base de conversaciones aparentemente intrascendentes, grandes rasgos de la realidad (o sobre situaciones intrascendentes, conversaciones que resultan ser lo opuesto). Todo es bastante natural, y tan pretencioso como humilde.

Y claro, además es visualmente impecable y de un gran preciosismo natural y musical (sensorial). A pesar de lo cual, usa esto como recurso para despojar —respetuosamente— de decencia a los humanos, cuando quiere, dibujándolos como seres frívolos; o para llenarles de decoro, tristeza y honestidad como personas. A veces como meras ovejas de un rebaño en el que todos somos extras, y otras como seres de gran sutileza. La libertad y la belleza, tanto como la belleza de la libertad y de la juventud. Puede que esa sea la razón por la que se puede disfrutar de La juventud por varias vías, atesorando en el fondo una increíble fuerza visual y sensitiva: por una parte, desde una mirada intelectual y, por otra, anímica. En ambos casos se trata de una predisposición, pero es que el film te predispone en cierto modo. La frivolidad, la sublimación o el cúmulo de imágenes en movimiento forman un uno indivisible que hace de La juventud un producto emocional y que convierte a su audiencia más receptiva en un grupo de animales frágiles.

No es un film desgarrador, pero en su quietud los sentimientos, que pocas veces aparecen, cuando lo hacen es con gran virulencia (creando un nudo inesperado en la garganta); gracias a los tiempos bien medidos, a los monólogos y los diálogos con la cámara posicionada en un rostro y luego en otro. Porque es una cinta llena de conversaciones y de frases que dejan cierto poso, de personajes interesantes y bien trazados, que cuenta con unos actores impresionantes y con Michael Caine y su facilidad para molar sin importar la edad, ofreciendo además una actuación portentosa en tantos ámbitos que me alargaría demasiado al enumerarlos todos; y con Harvey Keitel, que ya sólo con la voz hace de sus escenas algo distinguido y memorable (y eso sin contar cuando aparecen ambos personajes juntos). Porque La juventud está llena de aristas y es tan sencilla como compleja, se puede interpretar como un canto a la vida tal y como es, sin dar arcadas con edulcorantes (la música aparece en escenas más contemplativas, y no cuando es más afectiva –salvo al final–); o se puede interpretar como un canto susurrado o un rostro demacrado que recuerda el momento más querido de una vida.

Porque nuestras vidas, como las películas, tienen un final, y todos intentamos llenar las nuestras de un modo propio y personal, con muchas enseñanzas positivas y alguna clase de nobleza que nos aleje del vacío existencial. Así, al llegar a viejo, la gente creerá que al fallecer completarás tu obra, o algo así, pero seguramente no haya mucho más que completar que lo que hay: una canción sencilla. Y es que lo malo de ver algo que te llena es que después vuelves a estar vacío.

El cine: cúmulo de silencios y sensaciones


Llegará el día en que los asientos de las salas de cine se dividan en dos grupos. En uno se sentarán las personas que entren a ver la película, mientras que en el otro se encontrarán todos los sujetos que hayan ido al cine a comentar y twittear lo que estén viendo (o a comprobar la hora cada 10 minutos). No sé cuánto tiempo tardaremos en vivir en ese mundo, pero ir al cine todavía supone una experiencia que no se da en tu casa, aunque sea sin interrupciones. Y esa experiencia es… el silencio que precede a la emoción común de un conjunto de desconocidos, juntos, frente a una sucesión de imágenes mostradas en una pantalla. La experiencia de sentirte unido a unas personas que, expectantes, enmudecen ante lo que están a punto de vivir. Una explosión emocional que parte de dentro de cada individuo y que se siente globalmente rodeado por extraños.

El cine es eso, y La juventud también. Un gran cúmulo de sensaciones y silencios. Una exaltación contenida que estalla en los últimos minutos de metraje y que demuestra el poder de la pantalla grande y de la percepción humana que, más allá de lo intelectual, convierte amar al Séptimo Arte en algo más impetuoso y que nos une con los otros sin palabras, en la oscuridad.

Reseña original escrita para Cine maldito.

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