Thin Ice (Timo bajo cero)

Thin Ice (Timo bajo cero)

Fargo –la película de los hermanos Coen– marcó tal hito cinematográfico en 1996, que desde entonces cualquier película con argumento similar remite a ella, aunque sólo sea por estar situada en un lugar helado. Tanto es así, que cogiendo el propio Fargo como referencia, se pueden hacer tres temporadas de una serie (camino de la cuarta) de igual denominación que desarrolla ideas nuevas a partir de las originadas por los Coen, con excelentes resultados para muchos. La cuestión es concretar, una vez llegados a este punto, si el recuerdo relativizado de la original ayuda o perjudica a sus homenajeadores y a los que relatan historias nuevas con lugares en común.

Thin Ice, por ejemplo, no puede evitar las comparaciones durante el primer tercio del metraje, cuando conocemos a su protagonista y su entorno, recordando tanto al Fargo original como al de la primera temporada de la serie (2014). Sin embargo, el desarrollo de Thin Ice la desvía de dichas equiparaciones, menos cercana al thriller y al tipo de comedia negra al que los hermanos Coen nos tienen acostumbrados, y que aquí basa la mayor parte de sus golpes en la capacidad de Greg Kinnear para caernos simpáticos incluso en las situaciones  moralmente más reprobables, dadas las casualidades y el contexto. Sobre todo en Thin Ice, porque el espectador siempre tiene interés por la historia, por conocer si está en lo cierto o no, o en si su argumento es previsible, algo que siempre recae en favor de su protagonista.

Un protagonista que representa perfectamente algunos de los peores valores del ser humano, y que hace que nos preguntemos hasta qué punto, y en qué situaciones, estaríamos dispuestos a dejarnos llevar por los derroteros más calamitosos sólo por obtener lo que queremos, incluyendo entre ellos el estoicismo, un valor humano no necesariamente negativo, pero que en determinadas circunstancias no es más que una pretensión que nos hace seguir hacia adelante con cualquier acto o situación, porque retroceder o aceptar la realidad es un fracaso personal. Y es esa alternativa, que nos hace creer que todo se va a resolver y va a terminar bien (como si por tener únicamente nuestro punto de vista y nuestros sentidos creyéramos que somos los protagonistas de una película llamada vida que nos trajo por un fin), o elegir la otra opción: que dadas las condiciones favorables adecuadas, estaremos dispuestos a cometer cualquier atrocidad que nos posibilite una vida más plena, entendiendo esa completitud de formas muy diferentes –y hasta enfermas, por qué no– en función de cada persona y su mente, o en función de sus filias y patías más o menos controladas.

Timo bajo cero

En cualquier caso, Thin Ice no llega a tanto, aunque sí reflexiona casi involuntariamente –al menos en apariencia– sobre el poder que tienen sobre nosotros algunos pecados capitales, en tono de comedia y con la aparición de conocidos y en general apreciados actores que hacen del progreso de la cinta algo ameno y reconocible como un film singular, lejos de sus semejantes argumentales y estilísticos. Una lástima que todo quede un poco en nada por culpa de un final explicativo de algo que ya muchos intuimos y que poco a poco va desmontando el argumento formal. Y todo por un detalle más bien claro: nadie se cree que Alan Arkin pueda hacer de un personaje bonachón y hasta senil, porque incluso en su senilidad, siempre ha hecho de personajes malhumorados y con rápidas respuestas. He ahí un detalle, pero desde el momento del billete en el suelo el espectador que haya visto dos películas sorprendentes en su vida será capaz de intuir todo lo que ocurrirá a continuación. En este caso siempre por pura avaricia.

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