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Capítulo IV. 01:34. That Leaving Feeling, de Stuart A. Staples & Lhasa De Sela

Esta no es la primera vez que pienso en escapar. Una vez, en circunstancias similares a estas, pero soltero (lo que facilita las decisiones), tampoco sabía qué hacer con mi vida, o qué estaba haciendo con ella. Miraba atrás, a mi escaso pasado, e intentaba encontrar algo remarcable entre mis experiencias. Me di cuenta, entonces, de que en mi vida no pasaba nada, nunca, y hui, intentando avanzar, hacia delante. No me fue del todo mal, al menos analizando al completo mi primer año de independencia, si bien al principio lo pasé un poco regular, por la morriña y por enfrentarme a lo desconocido solo.

Me fui a vivir a Portugal, aquí al lado. Hace más de 10 años que pasó y aún la gente me pregunta por qué me fui tan cerca. La realidad es que, de entre todas mis opciones (se trataba de una Beca Erasmus), fue la cuarta que escogí, después de Austria, Finlandia y Turquía (cuya elección vino acompañada por el visionado de El expreso de medianoche, recomendada por mi padre). Al volver de allí entonces, y ante la mencionada pregunta, no sabía qué decir, sólo era capaz de justificarlo afirmando que me lo pasé muy bien y mereció la pena, pero hoy ya puedo decirlo sin tapujos y sin miedo: «me fui a vivir tan cerca porque en Portugal también vendían galletas Tosta Rica, kikos Mister Corn y Dan Up, según mi estudio de mercado». ¡Y a tomar por culo ya! Un poco de imaginación, para los que tanto preguntan.

Si me hubiese ido a Francia no me preguntaban nada, y también está ahí al lado. Porque si algo me dio esta vivencia, al principio, fue saudade alimenticia, aunque luego, una vez superada, me diplomé, como quien dice, en Mundología. Aprender a mantener conversaciones con extraños con total naturalidad es uno de los grandes cambios que nos da la madurez, abandonar las palabras monosílabas y hablar de nada en absoluto aparentando gran locuacidad. Algo que se aprende viajando o en un bar todas las noches.

Porque viviendo en el extranjero, y sin grandes obligaciones que atender, acabas por tratar con mucha gente, durante un año, y al final, a fuerza de costumbre, aprendes a llevarla, en general, y a responderla sin rodeos, con cierta desenvoltura. Te importa menos su opinión que antes y eres capaz de sentirte más cómodo entre la gente. Y eso que soy bastante tímido y apocado, en cierto modo. Pero vaya, que se cumplen, así, todos los tópicos habidos y por haber sobre el Erasmus, excepto el de que te ayude a encontrar trabajo, aunque eso lo achaco a que menosprecian Portugal, los españoles. En cualquier caso, los tópicos comienzan ya desde que pasas del clásico «lo entiendo pero no lo hablo» -el idioma-, a soñar en otras lenguas y creer que puedes hablarlas con total fluidez y el más alto nivel de conocimiento. Se llegan a dar, en este sentido, grandes conversaciones con las que nace un idioma propio, si vives con personas de varias nacionalidades y usáis el inglés como lengua común, como que por ejemplo el latín en sus derivados se use entre los mediterráneos con un toque anglosajón que acabarán usando, incluso, aquellos nórdicos que no entendían su significado, el de nuestras palabras.

Como estuve hasta un total de diez meses viviendo allí, con solo un parón navideño entre medias, mi mente ha dividido los recuerdos en dos partes; los que van de septiembre a diciembre y los que abarcan de enero a julio, bien diferenciados. En el primer periodo, el frío, conviví con un chico turco en una residencia de la universidad, compartiendo cuarto durante mis primeros quince días. No teníamos mucha conversación, cada uno se dedicaba a sus cosas, a su ordenador, su mesa y sus auriculares, poco más. Sin embargo, por estar viviendo en un país donde el idioma se parecía más al mío que al suyo, este siempre me acompañaba a todas partes, sobre todo el día de hacer compra o poner lavadoras.

Normalmente la conversación era correcta, típica y sin entrar en temas personales, pero un día me dio por preguntarle -sin saber a lo que me enfrentaba, obviamente- qué pensaba sobre el genocidio armenio perpetrado por los turcos del Imperio otomano desde 1915 y la diáspora armenia que siguió después. La respuesta -verbal y gestual- de mi compañero de habitación fue terrible. Cuánta ira repentina… Era tal el ímpetu, su negación tan vehemente de lo ocurrido que, además de no entender ni una palabra de lo que me dijo, me llevé unos cuantos perdigones en la cara; algo bastante desagradable, y encima sin comerlo ni beberlo (afortunadamente). Se ve que en otros países la gente joven, y que no ha vivido lo ocurrido en el pasado, también lo vive como si hubiese estado presente entonces, e igualmente así lo justifica o lo tergiversa (como si temieran que los asesinados se fueran a levantar, de repente, para vengarse, al admitir lo que realmente pasó). El odio que persiste y las diferencias que cada vez se hacen más grandes.

En un principio mi intención era convertir en permanente mi estancia allí, en la residencia, donde sólo había que pagar 50 euros por medio mes y 100 por uno, pero estaba tan lejos del centro de la ciudad y tan mal comunicado, que me plantee el cambio, sobre todo porque no aceptaron mi petición de estar allí un año. Sobre todo por eso. Pero me lo plantee como me planteo yo la vida, muy despacio. Tanto, que los días se precipitaron y no me di cuenta de que debía hacer algo hasta que estuve a sólo dos días de marcharme, y porque me echaban.

No tenía claro qué sería de mí, ni dónde iba a vivir, o si habría algún puente con buenas vistas debajo, al menos. El día catorce de mi estadía, allí, empecé a buscar habitaciones y alquileres, tanto en internet como en los tablones de la facultad. Para mí una odisea, visto ahora una nimiedad.

No me gusta hablar por teléfono, en general, y mucho menos si es en otro idioma y entonces aún no lo domino. Doble precaución: no sólo no ves a tu interlocutor sino que no lo entiendes. Pero lo haces, porque no te queda más remedio, porque la otra opción viable no es tan placentera.

Quería mudarme a un piso cercano a la universidad y barato (no daban mis ahorros para gran cosa y la beca empezó a llegar en enero), por lo que, ante la prisa repentina, llamé a los pocos cuartos que había disponibles con la intención de visitarlos en ese mismo instante, a poder ser. Sólo pudo uno, un anciano que me dijo que me podía duchar dos veces por semana, tres si pagaba por un cuarto mayor, y que tendría que convivir con él y con un ciudadano ucraniano que se dedicaba a la construcción y al que no vería demasiado. Como en el tiempo que llevaba allí viviendo, en Portugal, no me pareció que fuese aquello nada espectacular ni como me lo habían vendido otros estudiantes Erasmus del pasado, pensé que era una buena propuesta y quedé en llamarle al día siguiente. Para confirmar la hora de mi mudanza, más que nada. A él le pareció bien, claro, aunque me recomendó darme prisa porque se lo quitaban de las manos, mi cuarto.

Y así me fui a dar clase, o a recibirla, mejor dicho, contento por el deber cumplido, porque era la primera vez que hacía algo por mí mismo, y aunque lo fuese a hacer mal, había sido mi decisión por entero.

Pero la suerte, por una vez, estuvo de mi lado. En la puerta de entrada al aula a la que iba a asistir como alumno habían dejado una nota escrita a mano. No entendía nada de lo que ponía, por la letra, pero como aún era temprano y no sabía qué hacer, me quedé en el pasillo esperando. A los pocos minutos llegó una chica alta, esbelta, rubia y de aspecto más bien delicado y andares decididos en dirección a esa misma aula: era otra Erasmus, como nos gusta llamarnos en nuestra secta, entre nosotros.

Se acercó a mí y me preguntó, en inglés, qué decía la nota. Yo le expliqué, como pude, que igual significaba que no habría clase, pero que no lo sabía. Debí de hacer muchas expresiones raras con la cara mientras me hablaba y yo le respondía, porque, de la pena, o lo que fuera, me invitó a acompañarla a no sé dónde. Y digo a no sé dónde porque no la entendí en su momento, pero como soy bastante simple no me lo pensé dos veces. La suerte y la falta de iniciativa juntas, por una vez, sí.

Resultó ser un piso, el no sé dónde, un piso que se alquilaba por habitaciones. Ella iba a ver una en concreto y a llegar a algún acuerdo definitivo con el arrendador, que hablaba español. Este tipo me comentó que alquilaba otro piso, además de aquel en el que nos encontrábamos, en el mismo edificio, dos plantas más arriba, y que le quedaba un sitio libre en este, el de abajo. Me pareció una buena oferta, porque además de muy barato estaba lleno sólo de estudiantes, tanto arriba como abajo… pero, a la mañana siguiente, ya no recordaba ni la ubicación del nuevo piso al que había decidido mudarme ni su aspecto, a un día sólo de tener que marcharme de la residencia.

No descubro nada si hablo de mi estupidez y falta de preparación para la vida, pero bueno, nunca está de más expresarlo y admitirlo. No tenía datos sobre el piso, ni su dirección, ni información alguna de contacto para con el inquilino, ni de la chica que me lo mostró. No tenía nada, ningún dato, estaba perdido, otra vez, y tendría que volver a recurrir al anciano aquel. Pero no sé por qué, mi cerebro se negaba a retroceder en cuanto a éxitos obtenidos y comencé a dar vueltas por los alrededores de la facultad, en busca de aquel piso que, en mi mente, tenía la fachada verde. No hubo manera, estaba desesperado, no sabía qué hacer. Entonces tuve la gran idea de mi vida: No hacer nada, otra vez. Así es, me quedé toda la mañana sentado a la entrada de la facultad, a ver si se cruzaba, ante mí, la misma chica que vi entonces, el día anterior. Y así pasó, a la hora más o menos -todo un triunfo- se presentaba a mi lado.

Me miró intrigada y me preguntó qué hacía ahí, yo le indiqué que quería volver a ver el piso, sin más, con gallardía, escondiendo mi tontería. Creo que no coló. Me acompañó en un momento, de nuevo, me dio su número de teléfono, la dirección, el teléfono del propietario y me invitó a vernos, como vecinos, esa misma noche. Y esa noche descubrí, para lamento mío y de mis sentidos, que la fachada no era verde, sino amarilla clara. Luego me di cuenta de que me olvidé de contestar al pobre señor mayor que aparentaba mal carácter, por culpa de mi estrés. No lo lamento, por supuesto, porque el castigo ya lo recibí volviéndome a perder con las maletas en las manos y en los hombros, siempre cuesta arriba, aquella misma noche de mudanza.

Más tarde tuve que mudarme otra vez, pero en esta ocasión fue por decisión propia, casi. Tanto nuestros queridos vecinos de arriba, como los que vivían conmigo abajo, se tuvieron que marchar, al cabo de sus seis meses, entre diciembre y febrero, y la casa se fue quedando vacía, muy vacía. Entre fiestas y despedidas, así pasábamos los días y las noches, y con lluvia, una eterna lluvia de tres meses, melancólica y deprimente, como las separaciones. Pero entonces ocurrió lo impensable, la excusa que sirvió para mudarme: un chico brasileño se hizo con uno de los cuartos libres para el nuevo semestre, en pleno enero, y a los dos días le quemó media casa al propietario, sin querer, mientras dormíamos. El tipo se quedó sobado, literalmente, con un radiador antiguo pegado a su cama y, según contó él, la sábana se cayó encima y empezó a arder, llegando el humo a rodear toda la casa. El tipo salió de allí tranquilo, como si nada estuviera pasando. Era muy temprano, estábamos todos en nuestras camas, pero por suerte no hubo heridos, sólo el susto fue importante, en su momento, y el olor a quemado permanente, el recuerdo de despertar entre humareda y escuchar gritos llamándome a la puerta.

El propietario le hizo pagar la mitad de los gastos en arreglos al nuevo inquilino, el brasileño, que de haber muerto le habría dejado un gran marrón al dueño, pues ninguno estábamos allí con un contrato de alquiler.

Así pues, abandoné ese lugar y me acostumbré a vivir con dos italianos, una belga, una española, una japonesa y una eslovena (que ya convivía conmigo en el anterior piso y que fue con quien encontré este), y me despedí de los tres polacos, mi gran amigo mexicano, el eslovaco, un austriaco, un portugués, un israelí, un sueco, dos brasileños, un inglés y un francés. Qué buen chiste habríamos sido capaces de contar con estos mimbres.

En cuanto al resto de la experiencia, nada que no se haya contado ya, miles de veces, a lo largo de la historia de esta Beca. Hice decenas de amigos, algunos muy importantes, y a los que siempre echaré de menos, por la propia convivencia que tuvimos, o por las vivencias, inolvidables; aprendí lo que pude y creo que aproveché mi tiempo al máximo; recordaré, también, a aquellos con los que sólo trataba de fiesta, y con los que siempre había buen ambiente, como si lo llevaran en la sangre; las malas experiencias, las buenas, los viajes, los estudios, las conversaciones, la intimidad, la confianza, la libertad, y, sobre todo, las despedidas, ver a los que se marcharon antes, y tu propia marcha, al final, sabiendo que dices adiós a algo que jamás se repetirá.

Porque eso es lo que queda, nada más, una sensación entre nostalgia y amargura, implacable, no porque no puedas volver a atrás (no te hace falta, no quieres hacerlo), sino porque toda esa gente, que durante un año marcó tu vida y a la que te sentiste tan cercano, ahora ya no es nadie en tu vida, o si lo es, lo es en el recuerdo.

Hace años que no nos vemos, muchos; hace años que no hablamos o nos escribimos, aunque no tantos. Pero lo más importante, hace años que pienso que para mí, quizás, ese año fue más importante de lo que lo fue para los demás, o ellos fueron más importantes de lo que fui yo para ellos. Una gran familia, significaron para mí. Y sin embargo el sentimiento se diluye con el tiempo, he aprendido que el aprecio por las personas suele derivar en desencanto. Porque quien vuelve ya no eres tú.

Y por eso, tumbado en esta cama, no sé si quiero huir, de nuevo.

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