Por fin tenemos Divago. Un hombre que no duerme en formato físico. Y está disponible por sólo 6,09 euros. Si aún así sigues prefiriendo la versión digital, puedes descargar Divago. Un hombre que no duerme en su versión Kindle por 2,99 euros. A continuación dejamos un nuevo fragmento de este libro. (Capítulo I, capítulo II y capítulo III).

Capítulo V. 01:38. Monsters with Misdemeanors, de Yellow Red Sparks

Algo que influye bastante a la hora de tomar decisiones y mirar hacia delante antes de huir es el lugar en el que vives. De lo cómodo que estés, en tu hogar, si así puedes llamarlo, dependerán las ganas que tengas de marcharte, de buscar otra salida, de escapar.

Aunque vivo en una casa de tres habitaciones, cocina, salón y cuarto de baño, en realidad sólo hago uso de mi habitación y el baño, de vez en cuando la cocina (lo justo para no morir de inanición). No vivo solo, claro. Vivo en casa de una conocida de mi padre, a la que, después de conocer por más 7 años de convivencia, definiría como Diógenes, soltera de nacimiento y la persona más temerosa, de la humanidad y otros animales, que he conocido a lo largo de mis años. Llega a pasarse casi todas las tardes y algunas noches asomada a la ventana, a oscuras, recreando la silueta de la madre en Psicosis, y si no te oye venir, a su espalda, se asusta. Así me resultó imposible sentirme a gusto en su casa. Por este motivo, el de su miedo, me hizo una importante rebaja en el alquiler y ello me ha permitido sobrevivir con cierta relajación, a pesar de mi escaso sueldo, razón por la que agradezco habitar en un cuarto de su casa, casa que maldigo en parte por mi estancamiento vital. Ya no me queda potencial.

7 años que se asemejan más al día de la marmota que a otra cosa, de hecho, a la pura y llana repetición. Su entrada en casa va siempre acompañada de un comentario sobre el estado del tiempo, y más tarde, desde la cocina, me preguntará por alguna noticia y ella comentará dos obviedades al respecto, pero siempre con cautela, mucha cautela. Así nunca acaba las frases. Las inicia y, cuando parece que va a expresar una opinión que indique la posesión de personalidad, se calla, como dejando unos puntos suspensivos que den pie a que termine yo la oración. Nunca la termino, claro; por joder, más que nada, porque odio esta clase de conversaciones inanes e intrascendentes, que no llevan a ninguna parte, que no te aportan nada y que no mejoran ni empeoran relaciones. Y más las odio desde que las soporto cada día.

A ella, en cambio, parece que le gusten, que sea donde más cómoda se encuentre, entre algodones que eviten las confrontaciones o el acercamiento personal. Me imagino que eso no le debe gustar, como no le gusta el silencio, así que si me cruzo con ella en el pasillo o la cocina, en lugar de hablar conmigo o permanecer callada, comentará en voz alta aquello que esté haciendo, como si yo no fuera capaz de verlo.

Cuando me mudé -eso, hace 7 años- me indicó una serie de normas que cumplir y se cercioró a fondo de que se llevaran siempre a cabo, cada noche, antes de acostarse. Una de ellas, la más importante, es que la calefacción no se pone, y si se pone ha de ser al mínimo y por temperaturas por debajo de los cero grados. Para todo lo demás, capas de ropa, mantas y temblar. La razón, al parecer, es el miedo, miedo a que explote todo mientras duerme, por ejemplo. Por eso, también, si se enciende el calentador para tener calefacción, este se ha de apagar antes de acostarnos. Como siempre me acuesto yo más tarde, esa misión pasó a pertenecerme, pero la realidad es que los primeros días o semanas de convivencia se me olvidaba. Nunca se ha enfadado conmigo por mi falta de memoria o desinterés, al menos no por fuera, nunca de forma visible, pero cada día siguiente me lo ha recordado, me ha comentado: «ayer te dejaste el calentador encendido» y se ha ido. Cuando se dan esos casos helados de verdad, y se va a acostar, dice: «Dejo el calentador encendido, ¿lo apagas tú? Acuérdate, ¿vale?.. Mejor lo apago yo». Todas las noches, sin excepción, durante todo este tiempo. Pura constancia. Desde entonces detecto con facilidad a las mujeres de esta clase, que sospechan de todo, pero esta es sin duda la más genuina con la que me he encontrado.

En cambio, no tiene una excusa tan infalible para cuando hace calor y no gastar. Por las tardes, cuando ella vuelve a casa del trabajo, y si estamos a más de 35 grados, me pregunta por qué tengo la ventana cerrada, en mi cuarto, con la persiana subida, para trabajar con luz. Le respondo que no tengo calor, que aún me resulta tolerable. Entonces se va a cada rincón de la casa y baja las persianas y los toldos y abre las ventanas. En un momento dado, siempre un poco más tarde, me habla sobre el poco aire que entra aquí, en su casa. En vista de lo cual le recomiendo que encienda unos minutos el ventilador, amablemente.

El ventilador está ubicado en el salón desde que se dan las olas de calor, pero nunca la he visto usarlo, desde entonces. Como si estuviese allí sólo por si acaso, por si llegaran visitas o por si su presencia por sí misma refrescara, aun apagado. A mi recomendación siempre contesta, la mujer, que no tiene calor, que no es tan calurosa como yo. Y es ella la que no para de hablar de ese calor.

En lo que se refiere a las zonas comunes, la convivencia es más desastre, pero queda margen de empeora. Dolores, que así se llama la dueña, vive ajena a los interruptores y las luces de la casa. Si anochece, basta con moverse a oscuras. De hecho, ha desarrollado un complejo sistema para no darse con las puertas, y funciona, a veces. Así, en todos estos años, quizá haya roto una media anual de treinta vasos, siendo optimistas y no contando también platos. Seguro que podría ser peor.

Si ve un cable enchufado y sin usar, lo desenchufa (como hace con mi ordenador encendido si la pantalla está apagada); si debe gastar en agua para ducharse no se ducha, se apunta a una piscina municipal y se ducha allí, tras la natación; si le dicen que el gasto de consumo energético aumenta a partir de las 12:00 del mediodía y hace buen tiempo, se levanta a las 06:00 de la mañana y comienza a llenar lavadoras cada hora. Si no tiene ropa suficiente para siquiera llenar una, soluciona el problema entrando en mi cuarto sin permiso y apropiándose de algunas camisetas mías, sin importar si necesitan de una limpieza. Incongruencias razonadas hasta la extenuación.

Así es, entra en mi habitación siempre que puede, sobre todo cuando no estoy, pero no lo hace para espiar, aunque más tarde lo haga, lo hace creyendo que debe hacerlo, y encima lo hace mal, como un elefante en una cacharrería. Claro, hacerlo a oscuras no ayuda. Hemos tenido, en todos estos años y desde la primera semana de convivencia, un millar de discusiones –llamarlo discusiones es exagerado, porque a ella por un oído le entra y por otro le sale- sobre este hecho. Es lo que tiene que sea su casa, supongo. Al principio era una sencilla petición: «No hace falta que entres en mi habitación, ya barro el suelo y lo friego yo cuando haga falta; sobre el resto de bártulos no te preocupes que ya sé poner lavadoras, quitar el polvo y hacer la cama solo».

Meses más tarde, como vi que me daba la razón pero no tardaba ni dos días en volver a entrar y dejar mi cuarto manga por hombro (objetos y muebles descolocados, tirados en el suelo, manchados de lejía, rotos por lavarlos sin seguir las instrucciones, destrozados por hacer las cosas sin interés y como por obligación), le dije: «Por favor, no entres en mi habitación. Es mi intimidad, respétalo». Meses después: «¿Te gustaría que yo entrara en tu habitación y destrozara tus cosas y las tratara sin ningún cuidado? No entres en mi cuarto, no entres, ¡por favor!». Por un corto periodo de la relación se ve que me respetó, o eso pensé yo. Incauto de mí, me fui un fin de semana y al volver tenía la habitación que parecía otra, de lo movida que estaba. Ella me negó con rotundidad su presencia entre mis cuatro paredes y entonces le pregunté por las sábanas, que estaban cambiadas, y me dijo que sólo había entrado para eso y que el resto de muebles se habrían movido como consecuencia, nada más. Yo quise saber por qué hacía las cosas sin poner interés y cuidado y me respondió que es porque no ve. Así están las cosas ahora. Tengo miedo de pasar más de una día fuera y que al volver todo esté destrozado.

Y como además vine a vivir aquí con un gato bajo el brazo, un gato con tendencia a saltar por las ventanas en busca de palomas (de ahí que mantenga mi ventana cerrada en verano), esto conlleva más responsabilidades y preocupaciones para una persona con escasa memoria, escasa al menos para lo que no le interesa. Más de una vez se ha dejado una ventana abierta y me he encontrado al animal subido o a punto de saltar por el hueco que dejaba libre. Por suerte eso con el calentador no le pasa. Desde siempre procuro permanecer en mi cuarto todo el tiempo, porque así también mi querido y leal amigo felino me acompaña.

Dolores, por otra parte, domina la conversación fractal, en bucle y es un ser deprimente, pero tan estable, a la vez, en su exterior, que una vez acostumbrado a sus manías «de vivir sola tantos años y por cosas de la edad» lo único negativo es tener que convivir con ella. Soportarla a ella y sus razonamientos y excusas. Como aquella vez que me encontré con el cable de un reproductor de vídeo desenchufado sobre la nota que le dejé y en la que pedía que no lo desenchufara. Me dijo que no había sido ella, que tal vez lo hizo la escoba barriendo, como si se moviera sola. Tuve a bien coger la escoba y probar suerte. El resultado fue claro: la escoba no podía desenchufar sólo un cable sin con ello retirar también el resto de entramado, que incluía ladrón y otros dos cables más que estaban conectados y que permanecieron intactos tras el paso de la tormenta limpiadora.

Durante tres meses una vieja amiga mía llamada Alba estuvo viviendo con nosotros dos, en el cuarto libre que pertenecía a la madre de Dolores, ya fallecida, y pagando su correspondiente alquiler. Lo primero que me vino a la mente tras presentarlas fue que juntas aprenderían a gastar (aún) menos dinero, por separado. Y así fue, aunque sin ambas percatarse. Con respecto a la convivencia entre las dos, los mayores problemas venían de la pulcritud de la primera, que recelaba de la falta de orden e higiene hogareña de la segunda. Pero la verdad es que lo intenta, ser limpia, es sólo que, a oscuras, lo intenta.

Mis mayores esfuerzos en esta convivencia, la mía con Dolores, los he puesto en no convertirme en alguien como ella. En no estar siempre pendiente de lo que hagan los vecinos, por ejemplo. Según me ha contado, el vecino que tenía al lado, antes de que yo llegara, tenía un laboratorio de drogas en casa, porque no le veía ir a trabajar; los jóvenes con perros, que se asientan en los bancos de la calle en el verano, deben vender droga, de ahí los cánidos, que le dan miedo, y si se cruza con un hombre más tarde de las 21:30 puede que se trate de un violador, un ladrón, o peor, un asesino. Por eso siempre intenta estar en casa antes de que anochezca.

Y sin embargo, alguna vez me la he encontrado de frente abriendo la puerta de mi cuarto, mientras duermo, como si fuera una demente. Cualquier día tendré pesadillas con esto, veré una sombra que se acerca a mí, como un cuervo, y lo más inquietante es que desconoceré sus motivos. O soñaré que está debajo de mi cama, o a lo mejor lo está, y no me he dado cuenta, o entra en mi cuarto a oler mis cosas cuando yo no estoy. Cualquier cosa es posible, y da bastante miedo.

Así, después de todo el tiempo que llevo asumiendo sus costumbres y aceptando sus normas, me queda el temor de descubrir, un día, que me he vuelto como ella. Cuando de repente me diera por poner folios sobre muebles para protegerlos del polvo, en vez de pasar un trapo por ellos; cuando me diera por dejar en la nevera, sobre un pequeño plato, una mínima porción de mi comida o cena, una que ni alimentaría a un gorrión; cuando me diera por dejar vasos de plástico con agua en las habitaciones; cuando me diera por hacer las cosas a oscuras y como un robot; cuando se apagara mi interés por todo lo que ofrece la vida excepto el espionaje; cuando la pase, la vida, frente al televisor, sin entusiasmo, sin visitas, y que con la soledad me invadiera el miedo y la sospecha. Cuando me diera por dejar que la comida se pudriera o caducara en la nevera mientras a la vez fomentara que otra persona la ingiriera, «come, que se va a poner malo», les diría. Cuando todo eso llegara y la locura fuese ya definitiva, entonces ya todo el mundo me vería como a un monstruo, sin nada de autoestima, sin capacidad de amar o ser amado, sin capacidad de demostrarlo. Con el daño mental causado.

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