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Por fin tenemos Divago. Un hombre que no duerme en formato físico. Y está disponible por sólo 6,09 euros. Si aún así sigues prefiriendo la versión digital, puedes descargar Divago. Un hombre que no duerme en su versión Kindle por 2,99 euros. A continuación dejamos un nuevo fragmento de este libro. (Capítulo I y capítulo II).

Capítulo III
01:29. The World at Large, de Modest Mouse

Desde que tengo uso de razón he imaginado cómo sería mi vida y siempre había una mujer a mi lado, nada más. De niño tenía bastante miedo a la oscuridad y también a la muerte, sobre todo a la muerte. Mis padres me decían que pensara en la chica que me gustaba en el momento y así me dormiría. Esta recomendación me sirvió hasta que tuve edad y experiencia suficientes para amar y temer a las mujeres por igual, o por lo menos para sentir por ellas un gran respeto, pero con el tiempo también hizo que creyera que las mujeres eran como seres de otro mundo, a un nivel superior al mío, lo único capaz de frenar mi miedo a dejar de existir, hasta el punto de que me impedía actuar con la habitual naturalidad que mostraba con otra gente, si es que se puede afirmar que uno es siempre igual de natural esté con quienquiera que esté. Y cuando me alejaba de su presencia, siempre aparecía un sentimiento, un pensamiento: el miedo a no ser capaz de aprovechar el tiempo.

Nunca me había dado miedo comprometerme ni tener hijos, era algo que ya había pensado, pero quizás porque no lo llegué a reflexionar del todo bien, no había pensado en las fuertes e irreversibles consecuencias que conllevan, los hijos, hasta estos instantes. De un tiempo a esta parte cada día me atrae menos la idea. Muchas parejas tienen hijos para que les ayuden a creer que su existencia tiene algún sentido o para solucionar sus problemas, en cualquier caso no los tienen producto de su amor o su felicidad. Aunque no dure para siempre, la felicidad, al menos el niño será un recuerdo de ella. Los hijos me dan miedo, en realidad, suponen una gran responsabilidad que no sé si estoy dispuesto a soportar, ahora.
Quiero estar solo, buscar algo más. Tampoco me llaman la atención los beneficios de la soltería, como a la mayoría de mis congéneres, eso me da igual, nunca he sido un Don Juan ni he dedicado demasiado tiempo a abordar a otras mujeres en discotecas, pubs u otros sitios públicos como el metro o el autobús, pero tengo la impresión de que mi vida evolucionaría más si me alejara de Alma, aunque creo que soy yo quien le impide que lo haga, a ella.

No llevo ni 2 años trabajando como autónomo, no gano ni 600 euros al mes, con los que además pago una cuota mensual de casi 200 euros. ¿Qué habrá visto en mí? En serio. Me siento estancado y no recuerdo desde cuándo. Si miro atrás, al momento exacto en el que empecé a salir con ella, y me miro ahora, lo único que ha cambiado es que tengo más bolsas en los ojos y soy un poco más serio, y nada de esto es culpa suya. Me he acomodado ante la nada que sostengo entre mis manos. Eso me entristece, a veces, y por eso no lo pienso de día, mientras tengo que aparentar que vivo.
Si tuviera vino, una terraza o un balcón y en esta ciudad con alta contaminación lumínica se vieran las estrellas, ahora mismo me levantaría para verlas y me bebería una botella, tal vez dos. Pero como no tengo nada de esto por casa me he de conformar sólo con analizar si he obtenido gran cosa con los años, si he ganado suficiente experiencia en lo laboral o en lo personal. La conclusión es que sigo atorado, varado, y sin saber a dónde ir. Y encima no puedo ofrecerle nada bueno a la vista o el paladar, esta noche.

Por eso siento que debería romper con todo, cambiar mi vida de arriba abajo. ¿Irme a vivir al extranjero? Empezar de cero. Algún tópico digno de un buen libro de autoayuda. Quizás irme a vivir a una pequeña ciudad deshabitada, lejos de todo, cerca del campo y la naturaleza. Eso me gusta, suena bien y me retrotrae a la infancia, a los veranos en el pueblo en el que nació y creció mi padre, al cemento y a la era, a los juegos de cartas bajo el tenadón, a las carreras en bicicleta por el pinar junto a mis hermanos. Así recordaría lo mal que se me daba siempre la montaña, lo que me pesaba el culo, con certeza ya desde mi nacimiento, cuando apliqué un esfuerzo agotador que me dejó un poco roto y deteriorado, al parecer.

Mis hermanos solían atacar al inicio de las cuestas que había en el camino bordeado por los pinos y me era imposible seguir su ritmo o alcanzarles. Nunca he estado gordo, pero nunca he hecho ejercicio a fondo ni he tenido un cuerpo bien provisto para ello, quizá esa fuera la causa de mis innumerables pájaras. En todo caso, lo que más me gustaba, aparte de la carrera que nunca gané pero que daba gusto imaginar, era llegar al final, apoyar nuestras bicicletas sobre un árbol y caminar entre ellos y las sombras o los rayos de luz, o simplemente sentarnos en el suelo mientras realizábamos el avituallamiento. Ah, y qué bien se me daban luego las bajadas, aunque tenía tanto miedo que nunca fui capaz de descenderlas a gran velocidad, como hacían los demás.

Temor a todo, siempre. Ahora todo el mundo habla de la zona de confort, así van las modas y las gentes, en dos caminos paralelos que se llevan la contraria y buscan diferenciarse entre sí, como borregos, pero hablando siempre de los mismos temas. Eso para mí no existe, la zona de confort, no me encuentro cómodo en ninguna parte. Como hombre no doy el pego, no tengo esa fuerza, estoy falto de testosterona. Se me da mal montar muebles, la fontanería, la electricidad, el bricolaje, no me interesan para nada los coches, no me oriento por las calles ni en los mapas, no tengo ningún conocimiento sobre bebidas alcohólicas de calidad ni se me da bien hablar de tetas y culos con los demás, mucho menos alardear. Si acaso hablo de deporte y tampoco demasiado. No tengo iniciativa, no sé adelantarme a lo que los demás esperan de mí, no tengo grandes aspiraciones económicas ni laborales, apenas vitales me quedan ya. Nunca he sabido lo que quiero, con suerte sí lo que no quiero, pero con eso no se sale de la manida zona de confort. Soy como una mueca de sonrisa inacabada, normal en apariencia y desangelada vista de cerca.
Por eso es importante crear la imagen de ti mismo que pretendes proyectar a los demás. Y el cine es una parte clave de mi vida, en esto, tan importante que diría que he aprendido a vivir también gracias a él, y a la música, a ambas artes por igual, como si de experiencias personales se tratara, como de diferentes caras de mi personalidad poliédrica y redundante. La música y el cine me han hecho emocionar, reír y pensar, aprender, reflexionar, pero también me han atontado y me han hecho perder el tiempo de una manera criminal. Aun así, el cine es como el sexo, hasta el malo vale la pena comprobarlo (con protección).

Entre mis familiares y amigos siempre he sido un raro por ello, por mis gustos. Me atraían cosas que ellos ni conocían, pero de repente apareció Internet y me di cuenta de que no era especialmente raro, yo, tampoco, que mis gustos eran hasta mal considerados por comerciales o muy vistos, por obvios y generalistas. Otro estancamiento, aunque este no me importara tanto. No soy infeliz con lo que tengo y además no aspiro a la pedantería. No me gustaría ser pedante, preferiría ser sincero. De hecho, ser pedante es un terror que se asemeja al de quedarme calvo.
Creo, además, que la música puede servir como herramienta exorcizante, como vehículo para llegar a nuestras emociones y para ayudarnos a superar -o a todo lo contrario- ciertos momentos de la vida. He comprobado que cuando escuchamos canciones de nuestra infancia, muchos de nosotros revivimos sensaciones entrañables, si hemos tenido una infancia feliz, sea la canción mejor o peor. A mí me ocurre siempre que escucho Live Is Life, de Opus. Porque la música también refleja momentos de mi vida, y volver a escuchar una canción concreta puede evocar esa época en que la escuché, como una especie de memoria externa o copia de seguridad.
He creado recuerdos que se relacionan con canciones y esas canciones me transmiten memorias, tanto buenas como malas, pero agradables de escuchar. Eso sí, a veces cuando escucho demasiado una canción que me recuerda a un momento concreto de mi vida, el efecto se pierde y ya no me lleva de vuelta a ninguna parte.

Es interesante conocer los recelos de la gente, por los gustos y recuerdos, y averiguar así de qué está formada o en qué consiste la condición humana. No es fácil ponerse en la piel de otro, más difícil es intentar ver las cosas como las vería él. Leí la noticia de un tipo en Francia que asesinó a toda su familia para que no descubrieran que estaba sin trabajo desde hacía años y vivían una farsa. Ese señor creyó que su familia no sería capaz de aceptar la verdad y terminó con sus vidas. Prioridades y consideraciones. En todo caso, también es una muestra de hasta qué punto creemos que somos importantes para los demás, para mal, o de lo poco importantes que son los demás para nosotros. Una mochila, nada más, un peso del que liberarse o desprenderse antes de ahogarnos por su propio peso. Un hombre así, que estafaba a sus conocidos para ganar dinero (según decían), que engañaba a su familia, que se mentía hasta a sí mismo, al final admitió su propia mentira pero no aceptó la realidad. Pero claro, si el trabajo dignifica, por lógica el despido nos rebaja y nos humilla. El paro, al menos, mejora esta experiencia, hace del ser algo más tolerable, sobre todo gracias a los televisores de plasma y eso.

Y es que se hace mucha broma con lo de la persona que inventó el teléfono, que con quién hablaría al principio para probarlo, pero… ¿y qué pasa con lo del trabajo? Yo me pongo por un momento en la situación del primer trabajador asalariado de la Historia y me asusto, empequeñezco.

Se supone que uno cobra a mes vencido, al final del mes trabajado, o al inicio del siguiente. Si esto es así, o mejor dicho, fue así desde el principio, significa que esa persona estuvo un mes entero, el primero, sin tener dinero ahorrado, en un sistema que ya funcionaría con él, digo yo. Ese hombre tendría que endeudarse ya el primer mes para poder sobrevivir hasta que cobrara en el siguiente, así siempre y así todos.

Eso explicaría por qué ahora estamos como estamos, todos endeudados. Dicen que vivimos por encima de nuestras posibilidades, los poderes fácticos, y ahora nos comemos las consecuencias, pero bien que se incitaba a ello desde el primer momento y se legitimaba hasta que la cosa fue mal dada. Como con la Bolsa, la de los mercados. Si la economía funciona, entonces lo llamamos inversión, si la economía va a peor, se llama especulación. Pero la recompensa está ahí, para quien haya sabido verla. Para eso está el dinero, si no ya habrían cerrado las Bolsas, ese lugar metafórico –no ficticio– en el que se compra y se vende sin tener que esperar a que se construya el edificio. El precio del dinero, los intereses, las subidas, las caídas, los suicidios. Es como el juego, una clase de ludopatía, sólo que legal y muy bien vista, que te vuelve inteligente y sofisticado. Azar, sí, pero al final siempre gana la Banca.

Nos han aleccionado tanto y tan bien sobre el trabajo y el dinero, pero tan poco y tan mal sobre el esfuerzo y los principios, que ahora todos somos unos pusilánimes, o, al contrario, unos arrogantes. Pocos quedan íntegros, esa palabra se confunde con la lógica y la aceptación de las reglas del juego, y los que queden con esa cualidad a saber dónde se encuentran.

El mundo está cambiando constantemente, pero no se sabe si a mejor o a peor, porque todo es cuestión de preferencias. Durante la Segunda Guerra Mundial se calcula que murieron 60 millones de personas (y eso siendo optimistas), mientras la peste negra acabó con la vida de 75 millones de seres humanos, aunque bien es cierto que necesitó de más años que la guerra para esparcir su veneno. Las muertes acontecidas en la guerra fueron causadas por el hombre, las muertes de la peste las intentó frenar el hombre. Nos matamos entre nosotros, pero nos negamos a que nos maten los demás, los otros virus. Preferencias y gustos.

Como cuando el director de cine F. W. Murnau tuvo que quemar todas las copias existentes de su obra Nosferatu tras perder el Juicio contra los herederos de Bram Stoker; ahora, si esto ocurriera, le habrían hecho pagar muchos millones a los ínclitos afectados, por violar sus derechos de (otro) autor. Y es que luego dirán que el dinero no da la felicidad, pero es la preferencia principal, ahora, y por eso la gente ya da gracias al fomento del emprendimiento en forma de autónomos con cuotas mensuales de 265 euros, al fomento del empleo precario, temporal y mal pagado, al abaratamiento del despido y al pluriempleo… Gracias a todo ello, pues ahora nadie va a tener que matar a nadie para salvar la vida, para salvar su estilo de vida.

Divago. Un hombre que no duerme – Capítulo 3

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