Divago. Un hombre que no duerme‘ es la historia de un joven con insomnio durante una larga noche de verano. Cinco horas a solas junto a un gato, veinte canciones que escuchar en el silencio y una difícil decisión que tomar. Así, acompañaremos al protagonista de esta novela a través de un sugerente viaje mental dividido en cuatro partes y un epílogo. El daño, el desprecio, la búsqueda, el ser y la calma. Y de esta forma también conoceremos sus inquietudes, sus miedos y las consecuencias de su posible determinación, cuando por fin amanezca.

Un análisis de nuestra sociedad llevado a cabo desde la cama de una habitación, a oscuras, o en medio de la calle en plena noche, y con la única intención de regresar al sueño, entre recuerdos del pasado, revelaciones y la intimidad que se genera cuando ya no queda nadie más despierto y nadie juzga cada uno de nuestros pensamientos, aunque no siempre sean los más adecuados.

Una obra que pretende ser honesta consigo misma hasta el delirio y con el propio lector, con quien el protagonista se sincerará y en quien encontrará el apoyo necesario para llegar a la conclusión final de su relato, mientras ambos disfrutan de la música y asumen el inevitable transcurrir del tiempo y del amor. La vida.

A continuación dejamos un extracto del libro, ya disponible en Amazon por 2,99 euros.

Parte I. El daño – Capítulo I. 01:22. Crucify Your Mind, de Rodriguez

Esta noche estoy pensando en romper con mi pareja. Hace días que no puedo dormir.

Lo más inquietante de terminar con una relación es asimilar el hecho de que la otra persona vaya a desaparecer de tu vida para siempre. Para siempre, una expresión cruel a veces. Hay ocasiones en las que esto es lo más deseable, cuando te encuentras con personas extrañas, destructivas o que están muy mal de la cabeza, más que nada; pero en líneas generales, y basándome sobre todo en mi experiencia personal, las rupturas siempre resultan dolorosas, especialmente por el afecto, el cariño y la gran cantidad de vivencias y recuerdos que tenéis y mantendréis en común, aun admitiendo no sentir ya ningún amor por la otra parte. La dependencia emocional y la indeseada tendencia a hacerle daño, supongo.
Tampoco puedo asegurar qué siente ella, Alma, por mí, aunque me lo diga cada día, cada semana o cada mes, que me quiere, y así también me lo demuestre. Cuando no sé qué pensar recurro al cine, a las películas. Uno de los temas más interesante que se trataban en El amor después del mediodía de Rohmer era la confianza en la pareja, el matrimonio. Casi con total seguridad podría decir que la base de todas mis relaciones amorosas se han construido sobre las ideas que se vierten en esa cinta, aunque creo que ya me las planteaba antes de verla: Las pajas mentales.
¿Por qué, de entre todas las bellezas, fui sensible a la suya? Y viceversa. ¿Por qué me fijo más en el resto de mujeres desde que estoy con ella, aunque no me atraigan? ¿Cuáles son nuestras motivaciones para construir una vida juntos? ¿Se puede confiar en el amor a largo plazo, es algo duradero? ¿Siempre me ha sido fiel y siempre lo será? ¿Lo seré yo? ¿Qué sentiré cuando ya no esté a mi lado, cuando todo esto haya acabado?
Creo que el amor que te profesa la otra persona se desvanece en el momento en que tú le muestras tu miedo a perderle. Es algo que debe de encontrarse en nuestro subconsciente, pero si existiera la posibilidad de oler ese sentimiento, el del miedo, nuestro cerebro lo haría para sugerir que no estamos ante la persona correcta. O tal vez sean las señales, el temor que en realidad nace de los mensajes que uno de los dos ha ido mandando antes y sin darse cuenta, hasta generar el temor de la pérdida en el otro. Un temor que lleva al insomnio.
Y el insomnio no se puede combatir. Por eso cuando no puedo dormir me pongo a escuchar música sobre la cama, tumbado y con la luz apagada, porque espero que esta me ayude a caer en los brazos de Morfeo, de Baku o del mismísimo Sandman. Si no lo consigue, cosa habitual, al menos me queda un hilo de voz que me acompaña y me entretiene (porque no quiero despertar al gato), mientras pienso en otras cosas y me duermo sin querer.

Uno de los recuerdos más nítidos que guardo de nuestra relación y que me viene a la mente durante estas noches tan cerradas, aparte de los típicos y que cualquiera se puede imaginar, es el de una tarde lluviosa caminando entre la gente, en plena calle, protegidos por nuestros paraguas. Era uno de esos días clásicos de primavera, de los que por desgracia cada vez se dan menos, y en el que, tras llover en grandes cantidades, salió el sol de repente y en cada sucio charco se bañaba un arcoíris.
Nos gusta caminar juntos, como a los viejos, eso nos permite hablar de todo, puede que hasta nos intercambiemos energía a través de las manos, quién sabe. Por entonces no llevábamos ni un año juntos todavía, en aquel día. Quizá por eso hablábamos tan animados, conociéndonos. No sé qué le contaba, ni ella a mí, pero no me ha abandonado ese recuerdo, aquella sensación de bienestar, seguridad y frescura. El clima había cambiado, gracias a la lluvia, también el olor. El paseo estaba casi vacío y no nos costaba caminar entre otros paraguas asesinos de señoras diminutas, y, creo, en ese momento fue cuando decidí que yo ya iría en serio en nuestra relación. La primera vez que tuve en mente la idea del largo plazo.

Divago.

Divago. Un hombre que no duerme (libro Kindle)

Enlaces patrocinados

Deje su respuestas

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies