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Todo empieza con un “¡Ay! Siento haber tardado tanto en contestarte/llamarte/escribir/haber invertido tiempo en ti, es que he estado SÚPER (muy enfático) ocupado/a” y tú al principio piensas: No pasa nada, todos hemos tenido momentos de SÚPER estrés y hemos pasado deliberadamente de la gente, y cuando hemos tenido tiempo libre, pues también, para qué mentir, ¿no?

El tema se solucionaría con un poco de sinceridad y hasta un poco de humildad: “Jo, siento haber pasado de tu cara, tenía tal vagancia encima que lo único que me apetecía era contemplar el lento pero irreversible crecimiento de mi cactus”. Pues oye, gracias, porque me has ahorrado tener que sospechar de la, quizás, falsa excusa que me habrías puesto.

Pero no, lo que ocurre normalmente es que llueven las excusas. Algunos son ya tan expertos en el arte que uno ya no sabe si lo que cuenta es verdad o no. Y esa incertidumbre quedaría ahí si el quasi-experto en excusarse mantuviese su colosal excusa hasta el fin de la misma. La madurez del cactus o lo que fuese que le mantuvo tan sumamente ocupado.

Sin embargo, no es tan fácil alcanzar el doctorado/master en mentir (aunque algunos así intenten demostrarlo, vía online o escuela Mari Pili)… he aquí un par de ejemplos (el resto ya los publicaré en un libro, o algo) que empezaron siendo perfectas situaciones verosímiles y se convirtieron en un “hasta nunqui, amigui”.

1- Mantenía yo una amistad a distancia con una persona a la que obviamente consideraba amigo/a. Debido a la gran distancia y diferencia hor… ¡¡AH NO!!, que estaba aquí al lado, como quien dice… El caso es que siempre tenía excusas para no escribir en 3 líneas qué tal le iba e incluso, siendo espléndidos, preguntar qué tal me iba a mí. Eso sí, la sesión diaria o semanal de tonterías vía red social no faltaba. Así pues, el tema no era que estuviese súper ocupado/a o se tuviese que ir a dormir “que mañana madrugo” (vaya, debía ser la única persona sobre la faz de la tierra que madrugaba), sino que no le apetecía lo más mínimo mantener el contacto conmigo. Ya sabemos que el responder un mensaje utilizando el teclado del ordenador requiere de gran esfuerzo. Luego todo se arregla como en política “Yo tal, ¡pero tú también!”.

2- Estando yo de becaria, solía hacer cosas típicas de becaria, sin problema, porque las cosas se pedían con amabilidad y justificación. Pero como no es oro todo lo que reluce, muy pronto llegó el “es que estoy con un tema SÚPER urgente” (urgente en mi pueblo no suele llevar 2 semanas), “¿puedes…?”. Pues sí, claro que puedo. “Ahora mismo no puedo, que tengo esto pendiente” (desde hace un año), “¿puedes…?” ¡Cómo no! Todo sea por el bien de la empresa. Acabé descubriendo que los temas urgentes eran: comer (3 zanahorias, un kiwi y un melocotón), fumar, comer de nuevo (el té de las tal horas), fumar, comer (el piscolabis de las cual) y llamar a todo mi árbol genealógico, que les llamé ayer, pero por si me tienen que contar algo más. De nuevo, la cuestión no era el de los temas urgentes, pendientes o prioritarios, sino que había ciertas cosas que les daba mucha pereza hacer o marrones que no les apetecía comerse y para eso estaba yo.

Y la moraleja de la historia es que a veces las cosas se solucionan siendo falsos y otras veces siendo muy sincero. Para todo hay que valer. En cualquier caso, aprovecharse de la bondad ajena o subestimar a las personas pensando que son tontas o ellos no dan valor a su tiempo está muy mal, niños. Porque a lo mejor resulta que los tontos son otros.

El curioso caso del no-tiempo de la gente (AKA No tengo tiempo)

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