Tom Waits – Martha

Tom Waits - Martha

El ordenador es mi segundo hogar. Donde me oculto, me resguardo y me entretengo, dentro de esta casa.

Las madrugadas en vela se hacen más amenas con Internet, esa herramienta del demonio (por lo del sexo gratis y sin límites). Uno se siente más acompañado en su soledad, quizás, y sin que nadie te incomode o te moleste, si no quieres. He encendido el portátil y estoy cotilleando en las noticias de Facebook, comprobando cuáles son las novedades nocturnas (que son pocas). Lo poco que se ve, además, resulta insulso y anodino. Todos actuamos como adolescentes, en Internet, sobre todo los más activos de la red: la búsqueda de popularidad, tener amigos, decir lo primero que se te pase por la mente, sin meditarlo, sin reposar los sentimientos o las sensaciones y aparentar. La ‘libertad’ que lleva a buscar lo superficial y el disfrute más básico. Pero todo empezó ya con el MSN Messenger, cuando la gente se ponía junto a su nick una frase célebre, copiada de alguna web, con la esperanza de que otro contacto le abriera una conversación preguntándole si estaba bien o qué narices le pasaba.

Cada día me sorprende más el éxito que tienen webs del tipo «mira cómo ha pasado el tiempo para estos actores», «mira al propietario de Alibaba usar el nombre de los 40 ladrones y darte consejos para enriquecerte como él, en un país supuestamente comunista», «un hombre mata a un puma para salvar la vida de su perro», o «mira este puto vídeo de los cojones en el que a través de una cámara oculta comprobamos la bondad humana». Esa información que antes recibíamos en nuestro correo electrónico, hace años, y que mandábamos directamente a la papelera porque no teníamos ningún interés en ver cómo habían crecido las putas gemelas Olsen o en saber lo que le pasaría a mis testículos si no reenviaba tal mensaje a otros treinta contactos. Y sin embargo ahí están, cuentas de páginas llenas de seguidores, comentarios y visitas.

Por suerte, sobre todo para la salud de nuestra relación, no tengo apenas ex novias o chicas de dos noches entre los contactos de mi cuenta. Sólo una, eso sí, mi primera novia, algo un poco grave e incomprensible desde la perspectiva de Alma. Perdí la virginidad con ella, algo obvio en mi caso, poco dado a las relaciones esporádicas, ya con mi primera ex, durante una noche que tenía que estudiar. Desde entonces siempre me ha costado prepararme bien para un examen.

Bien es cierto que, en un momento dado, sí que tuve a muchas de esas chicas entre mis contactos. Aún recuerdo el nombre de algunas: Flor, Mercedes, Esperanza, Justyna o Gracia, la primera. Pero el día que mi actual novia subió nuestra primera foto juntos, aunque no de forma instantánea, mi número de contactos femeninos comenzó a descender. ¿Quizás fue por solidaridad con ella? Quizás ni se acordaban de mí. La mañana del día siguiente a esa publicación, de hecho, esta ex, mi primera, me llamó por teléfono, me dijo que estaba algo ebria y que me echaba de menos. Yo la despeché con bastante sequedad, no me interesaba para nada mantener una conversación con ella, menos en aquellas circunstancias, y mucho menos después de que ella hubiese bebido. Le sentaba bastante mal la ingesta de alcohol, como al resto de mortales, por otra parte, pero a ella le solía afectar antes, además, y eso nunca le impidió seguir bebiendo.

Rompimos después de que ella se marchara a vivir al extranjero, a los tres meses de intentarlo por separado. Supongo que ella se olvidó antes de nosotros, y así también me superó. No tengo nada que reprocharle por ello, fue algo limpio y en cierto modo sano, sincero. La recuperación moral y sentimental llevó su tiempo, en mi caso, especialmente porque estuvimos manteniendo el contacto vía e-mail meses después de la ruptura, pero poco a poco me fui cansando, yo, de sentir que era su reserva, un por si acaso, una acción futurible. Me di cuenta de que no me quería perder y yo necesitaba perderla, así que, un día que me escribió, la respondí y, sin saber cómo, lo conseguí, no obtuve más contestación. A partir de ahí los días fueron a mejor, las calles olían a anuncio de compresas, los transeúntes eran más educados… de repente no estar enamorado era como estar enamorado, o mejor, más elocuente. Salir de tu primera relación infructuosa sano y salvo fortalece la moral, pero también endurece los sentimientos, el corazón. El alma, que se oscurece, ya no confía como antes en los sentimientos, no cree que sean suficientes para mantener el amor en firme, mucho menos una relación. Que el amor no mantenga vivo el amor, aunque suene a Perogrullo, es algo que descubres demasiado tarde, cuando todo está perdido.

En cuanto al resto de esos trozos menos memorables de mi biografía sentimental, de mi vida, me fueron eliminando de sus perfiles, imagino que sin resentimientos ni nostalgias. No existía contacto, nunca lo hubo, apenas, tras las separaciones. Eran más expertas que yo en esto. Son las cosas de las redes sociales, sobre todo al principio, la gente que te agrega sólo por acumular amistades. Porque además fue así: me agregaron ellas antes.

Si las tuviera a todas delante, ahora, incluida Alma, y me hicieran elegir, no me quedaría con ninguna, pero por obligarme a elegir. En cambio, si fuese decisión mía, la de elegir, la duda ofendería. Si esas otras relaciones se acabaron fue porque eran imperfectas, porque no funcionaban, porque no éramos compatibles. Por eso no comprendo a las personas que añoran tanto las relaciones pasadas, o que nunca las superen, por muy bonitas que fueran. A ninguna la echo de menos, ni la relaciones ni a las personas que las conformaban, aunque las guarde con cariño. Eso es algo que no entienden las parejas que uno tiene, en el momento, eso son sus celos retrospectivos.

Los celos retrospectivos son jodidos porque te imaginas lo que tu novia ha hecho con otro hombre antes de conocerte, y viceversa. Estos sentimientos aparecen cuando descubres que los secretos que creías sólo tuyos, de la otra persona, se los ha susurrado al oído de otro también. Es inevitable, desde el momento en el que se le escapa algún detalle de una relación anterior todo se te viene encima. Por eso es mejor no saber, porque descubres detalles que no querías conocer, que te dan una visión que no querías ver, y desde ese momento necesitas saber más, sin en verdad quererlo. El día que me enteré de cómo funcionaron algunas de sus relaciones previas, todo funcionó de esa manera. Y lo peor de todo es que como la imaginación te asquea, lo acabas pagando con ellas. Les sacas el tema sin venir a cuento, o eres tú el que profundizas en las trivialidades, en las cosas que hacen daño. Porque buscas hacer daño, o al menos hacerlas sentir mal, que se avergüencen por haber hecho cosas de las que, puede, ya estén arrepentidas; por haberse equivocado de persona, porque era lo que creían que se hacía si tenían novio o porque ahora le quiten valor, a algo que para ti tiene valor. Porque cuando ella lo hace contigo, tú le das valor. Pero, intuyes, el amor les impide hacer contigo lo que sí pueden hacer si no hay amor, y así quizás lo exterioricen, creyendo que eso te hará sentir mejor, y no.

Cuando estaba saliendo con Gracia me contó que escribía en un diario. En aquel diario dejó de escribir apenas empezamos a salir, un poco más tarde. Alguna que otra vez le pregunté qué es lo que ponía, sobre todo sobre mí, pero no me lo decía. Como nuestra relación nació en una noche de juerga y, tiempo después, descubrí que por entonces ella tenía novio, mi autoestima nunca confió del todo en ella, cuando me enteré de todo e intenté que nuestra relación se terminara, varias veces. Me explicó que hacía tiempo que no hablaban, que no lo hizo a propósito, lo nuestro, pero que ya no sentía nada por la otra persona. Excusas que pronto aprenden a decirse las mujeres, y puede que los hombres también, pero de ellos nunca he tenido que escucharlas.

Meses más tarde, durante una conversación intrascendente, salió el tema de las parejas que habíamos tenido en el pasado. Yo le confirmé que ella era la primera y ella, tras pensarlo un buen rato, me dijo que tuvo cuatro relaciones antes que yo, con apenas 20 años. Yo nunca me lo creí del todo y así pasó, por fin una noche, aprovechando que dormía profundamente. Me acerqué al cajón en el que sabía que escondía su diario y procedí a leerlo, no allí mismo, delante de ella, sino en el cuarto de baño, a escondidas. Una de las cosas más terribles que, a día de hoy, creo que le pude hacer a esa persona. Romper su privacidad y mostrar mi desconfianza.

En cuanto a lo que allí ponía, nada estaba claro, no se confirmaban ni se desmentían mis sospechas, todo era banal. A la mañana siguiente le conté lo que había hecho y se echó a llorar decir nada. La realidad es que no se lo dije tan directamente, yo no soy así, sino que ella recibió un mensaje en el móvil de un tal César, un conquistador, que le decía que estaba en la ciudad y que cuando quisiera repetían cena en casa. Entonces recordé un pasaje del diario en el que hablaba del tal César, de que cenaron y poco más. Así pues, le pregunté quién era, para comprobar si me mentiría, y así lo hizo.  Le conté lo del diario y, tras sus llantos y mis disculpas, me explicó su versión de lo ocurrido.

Al parecer cenaron juntos porque ella enseñaba idiomas y se llevaban lo suficientemente bien como para que tras la clase en casa ella se tomara algo, y esa fue la primera vez. Tras la cena César se acercó a ella, levantándose del asiento, hasta el punto de intentar besarla, a lo que ella se negó, aduciendo que tenía novio (entonces se acordó). El tipo no se tomó muy bien el rechazo y actuó con cierta violencia sobre ella, criticando su actitud provocativa sobre él y la echó de su casa.

Esta versión no me cuadraba demasiado con el hecho de que recibiera, de nuevo, una invitación, pero como era su pasado no tenía gran interés. A mí lo que me interesaba era saber si me mentía o no. La confianza. Siempre existió el desconocimiento por mi parte sobre si ella me fue infiel durante todo el tiempo que estuvimos juntos. Todo lo vivido me hace creer que no, pero todo lo intuido me hacía dudar que sí, en su momento, sobre todo cuando descubrí, una vez rompimos y se atrevió a hacerme daño a base de desprecio, tras una larga discusión, derivada de mi incomprensión al mantener nuestra extraña relación, de que en realidad sus cuatro novios fueron por lo menos diez, y porque me negué a conocer más de su pasado. Y porque me hablaba de los hombres importantes, pues aún faltaban por sumar aquellos esporádicos, si es que existieron, como en un principio estaba destinado a ser mi caso, cuando nos conocimos.

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