Me gustaría poder comunicarme verbalmente con mi gato, que se está muriendo. Hacerle entender para qué sirven las pastillas y evitar una lucha diaria para hacérselas tragar. Que entendiera que todos estos días a la misma hora no son un castigo… Si sólo supiese que es por su bien y que así no vomitaría tanto ni estaría tan cerca del final.

Me gustaría preguntarle qué le gustaría hacer. Que entendiera que cuando le hablo es con aprecio. Que valoro su nobleza. Su compañía. Que le echaré de menos y lamento ya tener presente que voy a perderle.

Es sólo un gato, dicen algunos. Otros me dicen que lo sienten y les da pena, pero no es algo primario, más bien secundario. Les comprendo, no es igual a una persona, y además es ley de vida.

Es la muerte de un ser vivo, un gato. Un gato con el que entablé amistad hace 8 años, cuando él siendo una cría se quedó despierto junto a mí, de madrugada. Entonces era un gato blanco y muy delgado, del tamaño de mi mano (ahora es fuerte, grande y de un color avainillado). Le golpee en el lomo suavemente con dos dedos y empezó a seguirme a todas partes por la casa. Ronroneando.

Esa misma noche se durmió a mi lado, acurrucado en el hueco que quedaba entre mi brazo derecho y mi cabeza (apoyada en esa mano). Así nació nuestra amistad y así creció, como su devoción. Desde entonces cada día me venía a saludar a la puerta a mi llegada y se quedaba a dormir todas las tardes en mi cama, aunque yo no estuviera en casa.

Y ahora sólo espero que no sienta que es abandonado o traicionado, en su momento más difícil. Cuando por primera en varios años tengo que meterle en una caja y transportarle hasta el veterinario, acariciarle y ver cómo le sacan sangre, le inyectan protectores estomacales o le sacan unas radiografías. Sorprenderme viendo su tranquilidad en el proceso. Puedo ver y sentir su tensión, pero la guarda siempre dentro. No intenta escapar, no rechaza a otras personas ni ataca a las que intentan someterle unos momentos. Sólo respira y me mira.

Imagino que no entiende o asimila este proceso, pero espero que me entienda a mí, de un modo más animal e intuitivo, casi primario. Quiero pensar que sí, que lo siente, sobre todo cuando me lo encuentro a la mañana siguiente en el otro lado del colchón, cuando me despierta con su pata en mi nariz, creyendo que no le estoy viendo. Cuando me trae una bola de papel arrugado para que la lance y corra tras él indefinidamente.

Me gustaría conseguir que no sufrieras, Lucas. Minimizar las consecuencias de tu enfermedad, alargar tu vida y mejorar la calidad al máximo.

Nunca había conocido a un gato que no bufase ni aunque le pisaran sin querer, que en lugar de arañar o morder, avisara con sus actos y la vista, que fuera tan leal y agradecido, capaz hasta de cambiar mi sombra de color oscuro a claro. Sólo espero conseguir que vivas mucho y que te hayas sentido bien correspondido (aunque a veces mis labores como humano me lo hayan impedido).

Oda al gato enfermo

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