El ángel envenenador (Fleur de Tonnerre)

A mediados del siglo XIX, la cocinera Hélène Jégado se convirtió en una importante figura del folclore francés, tanto por sus capacidades culinarias como por haber traído luto y desolación a muchos hogares. Como bien indica el título de la película en español, se cree que mató a 36 personas con arsénico durante un período de 18 años.

Adaptación del libro de Jean Teulé dirigida por Stéphanie Pillonca, El ángel envenenador es una biografía ficticia de esta famosa –en su país– cocinera bretona, contada desde el punto de vista de Jégado, o de su versión de los hechos dada al juez de instrucción de la época. La película, a través de su protagonista, traza el camino vital de esta mujer que, golpeada por la vida, se convertirá en uno de los mayores criminales del siglo XIX.

Educada en un entorno centrado en miedos y supersticiones, en medio de misteriosos bosques y enigmáticas capillas, Hélène crece entre un padre brutal y alcohólico que la considera una boca inútil y una madre fría y atrapada en sus creencias que nunca le mostrará la más mínima señal de afecto. La madre, de tanta obsesión, fue quien decidió apodar a su hija con el título original de El ángel envenenador (Fleur de tonnerre), sin que se nos explique su significado, pero insistiendo en ello con demasiada frecuencia para la mente de alguien en construcción.

El ángel envenenador (Fleur de Tonnerre)

Repleta de un misticismo permanente, siempre asociado a un ritmo lento y algo desconcertante, Stéphanie Pillonca parece imponer demasiada distancia entre el espectador y el personaje, impidiendo crear más empatía. Con una puesta en escena demasiado clásica y que parece sólo querer explicar sin aportar ningún ímpetu a su historia, nos atrapa en la frialdad, entre la sobriedad de las escenas que muestran el presente y la oscuridad pasada de la protagonista. Al final, son los detalles más pequeños, que se acumulan en una narración que explica la transformación de una niña en una famosa y temible asesina en serie, los que la hacen más llevadera y cercana.

Por otra parte, para quien conozca al cantante Benjamin Biolay (cuyo papel tiene bastante relevancia en la historia), y decida verla por él, debe saber que está muy poco convincente en su papel de protector de la envenenadora, al contrario que el resto de secundarios o la propia protagonista. Déborah François ilumina una película que sin ella tendría menos vida, aporta matices y nutre a su personaje de humanidad. Insensible, atormentada por la locura o seductora en según qué escenas, siempre tiene la capacidad de que el espectador ponga en duda la verdadera personalidad de un personaje que sigue siendo el más famoso envenenador de Francia, y quién sabe cuál será su posición en el resto del mundo.

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