He visto El séptimo sello tres veces. La primera hace diez años (en 2005), la tercera hace un par de años. Nada ha cambiado, en realidad. Cuando la vi por primera vez pasaba, yo, por una pequeña crisis existencial (donde me hacía preguntas muy similares a las que le planteaba a la explicación de I Origins). A determinada hora del día, me sobrevenía el pensamiento, el miedo; era algo involuntario y sin embargo me perseguía hasta la hora –intempestiva- de dormir. En una de esas noches, El séptimo sello, como si de La Muerte se tratara en la película, se me presentó, para escuchar mis miedos, sin necesidad de contárselos, y hacerme sentir algo mejor frente a la muerte.
Aquella racha pasó, afortunadamente, tras el fin del verano. Después de eso, aprendí a esconder mis dudas en un cuarto oscuro dentro de algún rincón de mi cerebro. Si alguna vez vuelven a aparecer, las dudas, trato de eliminarlas con firmeza, no tienen importancia. Sea lo que sea, no tiene arreglo, ¿para qué pensarlo? Así todo es más práctico, pero El séptimo sello va más allá. Sus reflexiones y metáforas son intemporales, inmortales.
El séptimo sello estará siempre presente, en nuestras mentes, mientras siga existiendo el séptimo arte, mientras siga existiendo el hombre, como una gran obra maestra incontestable, como incontestables son las preguntas que se plantea, excepto aquellas que no nos atrevemos a responder (algunos).
Negarse a morir, la explicación de El séptimo sello y de Ingmar Bergman
No me da miedo la muerte, temo a lo que viene después. Temo a la Eternidad, a la Nada, a mi incapacidad para entender, para asimilar, a las preguntas sin respuesta, a la lógica sin sentido, a ese yo que olvidaré para no ser yo nunca más. Me siento como un niño, un niño que se encuentra ante un hecho inabarcable, implacable, cruel (desde mi punto de vista, al menos), incapaz de hallar solución, y aun así incapaz de dejar de buscarla. Inexorable, en definitiva. Como un niño, así soy yo, ante la certeza de la muerte.
No sé si soy una persona especialmente alegre, aunque tenga listas con canciones optimistas, pero me gusta la vida. Hay gente que dice que sin la muerte no valoraríamos la vida. Yo siento que sí, que aprecio la vida, vivirla. Es una lástima, la pérdida, también y especialmente. No sólo teme uno de sí mismo, también de los suyos. Así, incluso, me pasaba siendo niño.
Rezaba, yo, creyendo que alguien me oiría, en silencio. Pedía a Dios, en primer lugar, que existiera, y después que no dejara que nadie de mi familia falleciera. Es una extraña sensación, la que causa la muerte. El séptimo sello refleja tan bien lo que significa descubrir que vamos a morir, que no sentir nada o sólo hastío, tras verla, es tan inexplicable, casi, como nuestra propia condición.
Las personas querrán olvidarse de la muerte, querrán entretenerse y no pensar. No vale la pena darle vueltas, en realidad. Pero al final de todo, como en una partida de ajedrez, tanto el peón como el rey acabarán juntos en la misma caja.
Vi y califiqué El Séptimo Sello con ★★★★½ el martes 2 de mayo de 2006.
(Madrid, 1987) Escritor de vocación, economista de formación, melómano, cinéfilo y amante de la lectura, pero más bien amateur.