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Divago. Un hombre que no duerme‘ es la historia de un joven con insomnio durante una larga noche de verano. Cinco horas a solas junto a un gato, veinte canciones que escuchar en el silencio y una difícil decisión que tomar. Así, acompañaremos al protagonista de esta novela a través de un sugerente viaje mental dividido en cuatro partes y un epílogo. El daño, el desprecio, la búsqueda, el ser y la calma. Y de esta forma también conoceremos sus inquietudes, sus miedos y las consecuencias de su posible determinación, cuando por fin amanezca.

Un análisis de nuestra sociedad llevado a cabo desde la cama de una habitación, a oscuras, o en medio de la calle en plena noche, y con la única intención de regresar al sueño, entre recuerdos del pasado, revelaciones y la intimidad que se genera cuando ya no queda nadie más despierto y nadie juzga cada uno de nuestros pensamientos, aunque no siempre sean los más adecuados.

Una obra que pretende ser honesta consigo misma hasta el delirio y con el propio lector, con quien el protagonista se sincerará y en quien encontrará el apoyo necesario para llegar a la conclusión final de su relato, mientras ambos disfrutan de la música y asumen el inevitable transcurrir del tiempo y del amor. La vida.

A continuación dejamos un segundo extracto del libro, ya disponible en Amazon por 2,99 euros (disponible para comprar también en todos los Amazon existentes).

Capítulo II

01:25. Suzanne, de Leonard Cohen

Alma. Es un nombre que me gusta pronunciar, lo digo y visualizo a una persona llena de bondad, tristeza y ternura; normal que así me enamorara, tanto que pronto me dio por imaginar cómo serían nuestros hijos, un error a todas luces. Sin embargo, a ella nunca le gustó su nombre demasiado, o eso me ha contado. Se lo debe a su padre, el nombre, un enamorado de la Bibi Andersson de Persona, la película de Ingmar Bergman, y cuyo personaje se llamaba Alma, claro. En un pasaje de esa película Andersson cuenta una de sus experiencias sexuales al personaje de Liv Ullmann, una escena atrayente y sugestiva. A Alma, la de carne y hueso, no le gusta nada de esa escena, menos, si cabe, que todo lo demás de aquel film.

Creo que el origen de nuestro nombre y nuestro nombre en sí mismo nos definen y nos marcan ya un camino en nuestras vidas, sobre todo al formar el carácter en la infancia y la adolescencia, pasando de ser especiales a no captar nunca la atención de los demás. También los apellidos, a fuerza de risas y de diferentes referencias que se hacen entre bromas con los años. Una vez conocí a una chica, de nacionalidad española, que se llamaba Ninotchka. Nunca llegué a saber si se lo pusieron por la cinta protagonizada por Greta Garbo, pero todos sus apellidos eran típicos de aquí. A veces es más divertido imaginárselo, el origen, porque si lo preguntas puede que la respuesta que te den no te agrade tanto y carezca de esa magia. No sé. Puede que se llamara así por su bisabuela, rusa de nacimiento; que tuviera ese nombre por una novia anterior de su padre (he oído casos). Es todo un mundo, el del origen de los nombres, y a mí siempre me ha resultado interesante, clave en algunos casos, para entender la personalidad de las personas. Sólo hay que mirar a Najwa Nimri, esa mujer tiene que ser así por fuerza.

Alma, por suerte para ella, no es una persona triste ni melancólica, como implica para mí su nombre. La he visto derramar lágrimas a menudo, pero nunca le han durado demasiado. No es muy alta para mi estatura, por lo que además me resulta fácil abrazarla o consolarla en esos casos.

Cuando nos conocimos, en la distancia, sin saber quién era ella, me atrajo por su pelo largo, muy castaño, como sus ojos. No diría que es una persona tímida, conmigo no lo fue, nunca, pero no se encuentra cómoda en contacto con otras personas, sobre todo otras mujeres. Dice que la juzgan, producto, desde mi punto de vista, de bastantes complejos creados en su época de colegial. Y sin embargo, puede que sea la persona más ingenua que he conocido y por eso haya olvidado que todo el mundo juzga, no sólo las mujeres, y no sólo a ella. Esto es algo que oculta su madurez a primera vista. Además tiene un amplio repertorio de juegos vocales que incrementan esta cualidad casi infantil y que hace muy ameno hacer el imbécil junto a ella. A pesar de todo, su sentido del humor es bastante cínico y nunca oculta el desprecio por la humanidad como conjunto y su cariño por los individuos como sujetos aislados. Contradictoria, al fin y al cabo. A veces no la soporto, la contradicción, y otras, contradictoriamente, me encanta.

Al parecer todo tiene un origen, como su nombre: de niña estaba gorda, o eso le decían los otros chicos de su edad, y esta circunstancia ha marcado en gran parte su carácter. A mí nunca me ha parecido que lo esté, gorda, aunque tampoco habría entrado dentro del tipo de cuerpo que me atraía a mí hasta entonces, cuando la conocí. Un cuerpo atractivo, es, muy equilibrado y muy apetecible, eso sin fisuras, pero entonces, antes de conocerla, me interesaban más las mujeres sin formas, sin demasiadas curvas, como las modelos de pequeñas tallas, que se encuentran muy por debajo de las tres cifras, como las que salían en la televisión y en las revistas en los años 90, década de drogas mal llevadas, no como ahora, claro, ahora se oculta mejor.

Siempre, desde adolescente, me habían gustado mucho más los pechos diminutos, acabados en punta como un queso de tetilla, que los grandes, turgentes y redondeados. Hasta que la conocí. Las diferencias entre el tacto y la vista, entre la evidencia y la imaginación. Ahora es más fuerte el tacto que la vista, obvio, o la vista se ha acompasado al ritmo de mi tacto. Tampoco diría que ahora prefiero más a las mujeres neumáticas o curvilíneas que a las otras, más bien planas y torácicas, aunque es cierto que también me atraen bastante, las dos, que se han equiparado ambas opciones. Porque sí, me lo paso muy bien sobre su cuerpo, y bajo él, en definitiva, aunque me preguntara, en algún momento en el principio, qué pensarían los demás por ello.

Pero la cuestión que no logro entender, desde que la conozco, es por qué ella está tan descontenta con su cuerpo, si a mí me gusta y ya lo sabe. ¿Acaso no es bonito, su cuerpo?

La protagonista de la serie Girls, Lena Dunham, tiene unos pechos muy extraños, como por desarrollar todavía, pueriles, y se pasa la mitad de su serie enseñándolos (hasta los mostró al mundo en la pre-gala de los Oscar, si mal no recuerdo). A mí, como amante del cuerpo femenino, me gustaría decir que soy capaz de apreciar cada milímetro de pecho que cada mujer tiene. Ya sean pequeños, escasos de grasa, con su pezón cual guinda de un pastel que se precipita hacia mí, o inmensos y con tendencia a la caída, pero igualmente excitantes, apetitosos y cadenciosos con el ritmo, nuestro ritmo.

Incluso habiendo hombres con claras preferencias por los pechos grandes, incluso aunque se rían de las mujeres «nadadoras» -nada por delante, nada por detrás-, dudo que no disfruten de igual forma de esa clase de pechos si los tuviesen en frente, y viceversa. Cuando una chica de pequeños pechos se echa hacia delante con su vestido y sin sujetador, o con sujetador (por no llenarlo), y se entrevé la aureola de su pezón, deja el resto para la imaginación y también una cierta sensualidad que funciona tan bien como la de unos pechos de mayor tamaño, más visibles, en principio, y más llamativos también. El David de Miguel Ángel es arte, incluso con su micro pene. No hay por qué avergonzarse de nuestros cuerpos.

Tampoco de nuestra personalidad, aunque eso resulte más molesto, en realidad. En cuanto a Alma, su personalidad me atrajo desde el primer momento. Fue la que rompió del todo su barrera protectora del físico y el muro que expresaba las pocas ganas que tenía yo en aquel momento de comenzar una relación, de tener menos tiempo para lo que yo quisiera y de tener que pensar por dos y responder a todo también por dos.

Cuando entablamos amistad pronto me di cuenta de que tenía una forma de ver la vida muy parecida a la mía, aunque mucho más visceral y con muchas más metas marcadas que yo. En cierto modo era como un contrapunto de mí mismo, lo que yo debería ser y nunca he querido plantearme. A día de hoy aun mantenemos una sana relación, creo, y tras más de 5 años la conversación sigue fluyendo con naturalidad, la compañía sigue siendo agradable y el sexo se mantiene a un nivel notable o sobresaliente, a pesar de lo que yo creía que nos depararía el tiempo.

Los detalles, en definitiva, nos mantienen a flote, en nuestra relación, los pequeños detalles, como sus dedos, que buscan siempre los míos, o su cuello estilizado, que se alarga siempre para alcanzar mis labios con sonrisa alegre. Su barbilla elevada pero no altiva. Sus ojos vistos desde arriba mientras buscan los míos. Sus ganas de verme cada día. Sus hombros encorvados como si intentaran ocultar las imperfecciones de su cuerpo, las que ella cree que tiene. O sus lágrimas y saber que soy capaz de aplacarlas. Todo forma parte de su encanto. Y además siempre se está cayendo, grácilmente, con gracia y haciendo gracia. Si vamos juntos y se tropieza me abronca por no cogerla de la mano, pero siempre con nobleza… Y se olvida. Como si en su actitud aniñada se escondiera en realidad una personalidad adulta.

Y todo esto también me abruma y en cierto modo me angustia. No estar a la altura. Pienso en el futuro y me estreso o envejezco unos segundos. Y eso que aún no vivimos juntos, eso también debo valorarlo: el futuro, el compromiso. ¿Estaremos preparados para ello? Tiendo a intentar agradar a los demás, a hacer lo que me pidan, con una sonrisa. Con ella siempre me he sentido cómodo, ¿pero y si la convivencia nos aleja? Quizá se harte de mí, lo entendería. No me molesta que la gente me pida favores y menos hacérselos yo, no me sienta mal ni me incomoda la rutina, tampoco, cumplir con mi deber, siempre que me indiquen en qué consiste. Creo que a ella le ocurre igual, pero no le gusta que se aprovechen de mí, dice. Esto nos ha generado más de una discusión estúpida, insana y que ha terminado conmigo echando cosas en cara, a ella.

Soy un cretino, siempre fuerzo estas conversaciones hasta el límite y pienso que controlo la situación. Eso es lo que nos convierte en personas contrapuestas, también, la crueldad. A mí me sobra y a ella le falta. Le falta tanto que a veces hasta se sorprende cuando se la encuentra por la calle o le respondo con total sinceridad a una pregunta inofensiva sobre nosotros o nuestras diferencias. De ahí, de su escasa crueldad -tengo la impresión-, le viene el infinito amor que siente por los animales, porque cree que ellos carecen de la misma. Olvida que la crueldad procede de la naturaleza, y yo me encargo de recordárselo hasta que me lo recrimina. Como si le arrebatara su inocencia. Como cuando me ha hablado de algún actor de cine que le gusta y le he contado detalles de su vida íntima que le han destrozado la imagen que de él tenía, como cuando le conté la leyenda urbana que persigue a Mi vecino Totoro, como cuando le demuestro que un vídeo de YouTube es falso, que aquella foto vista en no sé dónde ha pasado por el filtro del Photoshop, que aquel actor tan bien conservado se ha apretado la tuerca, y más de una vez… Detalles y tonterías, pero otras no tanto. Como que no le gusten las mismas cosas que me gustan a mí, a veces, ni mis películas, ni mis libros o mi música. Detalles… ¿importantes?

¿Sería capaz de soportar mi personalidad por más de cinco horas seguidas al día, cada día de cada mes? Ambos odiamos discutir, y sin embargo lo hacemos con cierta frecuencia, una vez al mes, dos tal vez, tres si el mes es malo, toda una semana seguida si el tema lo merece o no nos vemos demasiado. Y uno siempre ve las cosas desde su punto de vista, lógico, lo cual no quiere decir que se vea a sí mismo siempre como alguien bueno, que hace lo correcto, que tenga la razón, ni tampoco que deba verse como alguien malo, y desaparezca nuestro orgullo para satisfacer a los demás. Si ya es complicado convivir con uno mismo y sus contradicciones, cómo no iba a serlo vivir con alguien más. Hay gente que culpa a los demás de todo lo que no han llegado a ser y hay quien se cree siempre mejor que los demás, y que ha llegado a donde está gracias a él y sólo a él. Deberíamos relajarnos, todos, pero nadie iba a hacer ni caso a esta apreciación porque, claro, esa manera de ser y de pensar se encuentra en nuestra propia condición, sin juzgarse, y una convivencia puede suponer un choque irreversible en una relación. Un fracaso y la necesidad de comenzar de nuevo.

Hay personas así, atormentadas del todo y por todo, desde que tienen uso de razón, e incluso antes, incapaces de sentir nada que no sea tristeza, pena u horror y miedo, salvo felicidad en muy pequeñas dosis, escasísimas, que acaban por hacerles más desgraciados de lo que ya eran antes. Esta clase de gente suele acabar mal, son demasiado destructivos, tanto para ellos mismos como para los que les rodean, siempre que estos últimos se preocupen de verdad por ellos. La dependencia, el desequilibrio y la inmadurez emocional, en definitiva. Gente, en apariencia vacía, que nos llena. Nos atrae su mundo, la energía que transmiten, el entendimiento mutuo, la complicidad. A veces, sin darnos cuenta, estas personas no son sino un reflejo de lo que significamos nosotros a su vez para otras personas. Y con el tiempo llega la decepción que supone el conocimiento. ¿Será así nuestra relación?

Me cuesta abrirme con otras personas, me da pudor, me avergüenzo si lo hago, a la mañana siguiente, pero si me encuentro con la persona indicada, hasta me sale natural, el confesarme. Así es como puede que todo pasara, entre confesiones. Invitada por un amigo en común a pasar un fin de semana en su casa de verano, así de sencillo, así de tópico. Yo no lo tenía en mente, sólo la traté como a uno más, como si no fuera del sexo femenino. ¿Ahí está la clave? ¿En desvestirlas de su feminidad y tratarlas con normalidad?, ¿sin entrar a valorar cada una de sus palabras y el significado de las mismas?

En verano, de vacaciones, las confidencias se cuentan con mayor soltura, con cierta ligereza, como predispuestos a ello de antemano, es lo bueno del verano. Así empezó todo, aunque no se haría oficial entre nosotros hasta varios meses después, el tiempo que me costó decidir si sería buena idea o no, tener una pareja.

Confesiones. Siempre que he dicho «te quiero» a una mujer me he sentido completamente vacío, horas después, vacío y con una duda dolorosa que cobraba gran fuerza en la mente. El cansancio, la culpa, la necesidad de saber si estoy haciendo lo correcto.

¿Por qué me siento como dentro de una corriente de agua en medio del océano?

Divago. Un hombre que no duerme (Capítulo 2)

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